Consagración, no fanatismo


Por Josué I. Hernández


“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

Comúnmente podemos decir que un fanático es aquel que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento exacerbado sus creencias y opiniones, ya que está entusiasmado ciegamente por ellas, y por esto, muchas veces, traspasa con su proceder lo que es racional y prudente, honorable y correcto. Según Larousse, el fanático es aquel que defiende con apasionamiento y celo desmedidos una creencia, una causa, un partido, etc.
Como el lector podrá observar, la definición de “fanático” siempre tiene una connotación negativa, aun cuando se aplique al apasionado ciegamente por una afición aparentemente inofensiva (ej. “fanático de la música”). Nunca es bueno, ni sano, el defender y reaccionar con celo desmedido y pasión ciega a favor de alguna doctrina, ideal u opinión.
Con lo anterior en mente, es fácil reconocer que todo fanático religioso es a menudo de mal carácter, melancólico, ignorante y vanidoso. Cuando decimos que el fanático religioso es de mal carácter, nos referimos a que manifiesta un temperamento difícil. Cuando afirmamos que es melancólico, nos referimos a que lleva consigo el egoísmo, pues vive amargado y no es feliz. Además, para el fanático religioso “el fin justifica los medios”. Sin embargo, bien sabemos, que si el “fin” es bueno también lo serán los “medios” para alcanzarlo (cf. “¿Y por qué no decir… Hagamos males para que vengan bienes?”, Rom. 3:8).

Obviamente, el fanático es peligroso en todo ámbito donde actúe, pues reaccionará en base a su capricho sin tomar en cuenta la norma de Dios. En esto, podemos contemplar fácilmente la diferencia entre el fanatismo y la consagración. Cuando hablamos de consagración, nos estamos refiriendo a la entrega total a Cristo. En palabras del apóstol Pablo, “…ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

¿Cuál fue la acción fanática más vil en la historia de la humanidad (Mat. 26-27; Mar. 14-15; Luc. 22-23; Jn. 18-19)? El juicio que varios religiosos llevaron contra nuestro Salvador. 
“Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no concordaban” (Mar. 14:56). La traición de Judas, la negación de Pedro, la huida de los discípulos, los cuatro gobernantes títeres (Anás, Caifás, Pilato y Herodes), la turba dispuesta a linchar a un inocente, el santo sanedrín prestándose para una hipocresía… He aquí el proceso que resultó ser la farsa más grande de la historia del derecho judicial. Sin embargo, el único que estaba al mando era nuestro Señor Jesucristo (Jn. 10:17-18; 19:10-11). Él había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Luc. 9:51). Su hora había llegado (Jn. 17). Sus enemigos se vieron obligados a emprender acciones, pero fue Jesús quien facilitó su propio arresto. Nuestro Salvador se enfrentó al fanatismo, y cuando más vilmente se comportó el hombre, más sublime aún fue la reacción de Dios. No se podía ser neutral con Jesús, había que recibirlo o matarlo.
Entre las irregularidades más obvias de los juicios contra Jesús, están las siguientes: La decisión fue tomada antes que el juicio comenzara. Los funcionarios no estaban autorizados para efectuar un arresto de noche si el presunto culpable no era hallado cometiendo delito. Los delitos capitales no podían ser realizados de noche. Los jueces debían mantener el equilibrio, debían ser defensores y acusadores. Las pruebas no podían consistir de rumores, ni podían ser circunstanciales. El menor de los miembros del Sanedrín era quien debía votar primero. El sanedrín no debía formular cargos, sino juzgar al acusado de ellos. Las sesiones del tribunal estaban prohibidas en las vísperas de las fiestas judías. No se podía presionar al acusado para que testificara en contra de sí mismo. Un sumo sacerdote no podía rasgar sus vestiduras.
Lo peor fue realizado por quienes debían ser los mejores. Impresiónese conmigo. ¡Vea la Escritura! ¡Cuán malos pueden ser los fanáticos de una religión!

Podemos ser acusados falsamente de "fanáticos", o de algo peor. Por ejemplo, “este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos” (Hech. 24:5). Sin embargo, ningún genuino cristiano en realidad es un fanático. Hay gran diferencia entre fanatismo y consagración. Dios quiere que nos consagremos a su servicio, que seamos santos, pero jamás fanáticos. Ni siquiera el concepto de fanatismo es observado en el patrón de Cristo para su pueblo, mucho menos la palabra en sí.

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1-2).

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19-20).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20).

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

“para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:15).

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23).

Los verdaderos cristianos tenemos buenas razones y argumentos en los que basamos nuestra fe. Tenemos esperanza, manifestamos el amor de Cristo, no somos melancólicos, ni mucho menos ignorantes, egoístas o vanidosos.

RESOLUCIONES PARA ESTE NUEVO AÑO"COMIENCE, DETÉNGASE, MEJORE"


Por Josué I. Hernández


Por lo general, cuando la gente hace propósitos para el año nuevo, afirman cosas como las siguientes: "Empezaré a hacer más ejercicio", "dejaré de fumar", mejoraré mis hábitos de consumo", etc. Entonces, en resumen, ellos saben que hay cosas que comenzar, cosas que mejorar y malos hábitos que detener.
Ahora bien, a medida que crecemos y maduramos, es bueno que vayamos mejorando todas las áreas de nuestra vida, dando un énfasis especialmente importante a lo que Dios demanda de nosotros.  “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12).



COMIENCE

Comience su vida en Cristo. La decisión más importante de la vida es el decidir ser un discípulo de Cristo. Si aún usted no es un cristiano, tener a Cristo como maestro es la prioridad más importante de la vida. Las Escrituras son claras, para estar en comunión con Cristo es necesario que el pecador arrepentido sea bautizado en Cristo (Rom. 6:3-4; Gal. 3:27). Si usted cree que Jesús es el Cristo el Hijo de Dios (Mar. 16:16), confiesa su fe en la deidad de él (Hech. 8:36-37) y se arrepiente de sus pecados (Hech. 2:38) esperando la salvación que Cristo provee (1 Ped. 3:21), entonces debe lavar sus pecados en las aguas del bautismo cuando antes (Hech. 22:16).

Comience a vivir como un verdadero cristiano. Tristemente, muchos llamados “cristianos” desobedecen el evangelio de Cristo pretendiendo vivir con un pie en el mundo y otro en la iglesia del Señor (la cual es el grupo de los santos y fieles). Sin embargo, la Escritura es muy clara, los cristianos hemos de ser diferentes a los del mundo (Rom. 12:2; 1 Ped. 4:3-4). Los que nos conocen debieran distinguir claramente una diferencia entre la forma de vivir nuestra y la forma de vivir de los del mundo. Respecto a esto, el apóstol Pedro escribió: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 Ped. 2:11-12).  Por lo tanto, si usted es un cristiano falso, que vive como los del mundo, necesita cuanto antes arrepentirse y comenzar a vivir de tal manera que pueda decir con Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gal. 2:20).

Comience a ser un miembro activo y fiel de una congregación de Cristo. Cuando Saulo apenas había obedecido el evangelio “trataba de juntarse con los discípulos” (Hech. 9:26), es decir, trataba de ser miembro cuanto antes de una congregación local.  La membresía en una iglesia de Cristo es un asunto crucial, y que trae grandes responsabilidades y privilegios, como por ejemplo el estar continuamente congregándose para la adoración y la edificación mutua (1 Cor. 14:40; Heb. 10:23-25). Hay mucho trabajo que hacer como miembro de una congregación de Cristo.  Para más información sobre éste punto, consulte las obras “Lo que es una iglesia local” y “La obra de la iglesia local en el ámbito de la evangelización”.



DETÉNGASE

¡Alto! ¡Deténgase! Deje el pecado. El apóstol Pablo escribió: “Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo” (1 Cor. 15:34).  Cristo dijo: “vete, y no peques más” (Jn. 8:11).  A pesar de esta clara enseñanza, demasiados cristianos (y hasta predicadores de “experiencia”) tienen la mala idea de que deberíamos resignarnos al hecho de siempre vamos a pecar.  Es verdad que tenemos del mundo una experiencia con el pecado (Rom. 3:23) y la posibilidad de pecar está ahora presente (1 Jn. 2:1), pero no debemos pensar que el pecado es aceptable o natural al cristiano. “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Rom. 6:1). Por lo tanto: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias” (Rom. 6:12). Recuerde lo que dijo el apóstol Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Jn. 2:1). Recuerde lo que enseñó el apóstol Pablo al señalar que Dios dará con cada tentación una vía de escape: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Cor. 10:13). Debemos perfeccionarnos (cf. Mat. 5:48; Fil. 3:15). Por lo tanto, si hay pecado en su vida, sea lo que fuere, no trate de justificarlo diciendo “somos humanos”, “todos lo hacen”, “mi caso es especial”, etc.  Más bien, “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hech. 8:22).


Deje de compararse con los demás.  Pablo escribió por el Espíritu: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Cor. 10:12). En otras palabras, los cristianos no deben compararse con los demás como una forma de justificación o para menospreciar a otros. El ser “mejor” que los demás no nos salvará eternamente.  Los fariseos se enorgullecían de ser mejores que otros (cf. Luc. 18:9-12), sin embargo, Jesús dijo: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mat. 5:20). Nuestro estándar no está basado en el comportamiento de nuestro prójimo, sino la palabra de Dios (Jn. 12:48). Puede ser fácil el compararnos con la gente del mundo o con otros cristianos que nosotros consideramos tibios e indiferentes, pero hay que resistir la tentación de hacer esto como medio de justificación personal.  Jesús es nuestro patrón de conducta, debemos conformarnos con vivir de acuerdo a su ejemplo (1 Ped. 2:21-22).

Deje de servir a los ídolos del mundo. Juan cerró su epístola con éstas palabras: “Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén” (1 Jn. 5:21). Un ídolo no es solamente una “imagen” (Ex. 20:4). Un ídolo es cualquier cosa que tenemos como prioridad antes que Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo dijo que la “avaricia… es idolatría” (Col. 3:5). Tenemos que estar seguros de que tenemos nuestras prioridades en orden: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33). Las cosas espirituales debe ser de primordial importancia para nosotros: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). Si usted tiene algún ídolo en su vida, debe dejarlo ahora para servir al Señor de todo corazón.


MEJORE

Mejore su conocimiento y comprensión de la palabra de Dios. “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo…” (2 Ped. 3:18). Nuestra sociedad pone mucho énfasis en la educación secular. Si bien ésta es útil, sólo sirve para ésta vida, en comparación con el conocimiento de Dios (Rom. 1:16; Jn. 6:68). Obviamente, nuestro conocimiento y comprensión de las sagradas Escrituras no aumentará por accidente: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). Debemos hacer de la lectura de la Biblia un hábito regular, y ser perseverantes en ello. No podemos defender lo que no conocemos (1 Ped. 3:15).


Mejore su capacidad de enseñar. Cuando el escritor a los hebreos reprendió a los cristianos por su falta de comprensión de la palabra de Dios, dijo: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Heb. 5:12).  El objetivo de nuestro crecimiento en el conocimiento de la palabra de Dios no es sólo para que podamos servir al Señor, sino para que también podamos llevar a otros a los pies de Jesucristo. Si bien no todos los cristianos serán maestros (Sant. 3:1), todos los cristianos han de enseñar a otros el conocimiento de la verdad (cf. Hech. 8:4; 1 Ped. 3:15). Siempre habrá espacio para mejorar nuestra capacidad de predicar el evangelio de Cristo.

Mejore su hábito de la oración. A menudo, los cristianos hacen resoluciones para orar con mayor perseverancia y quieren dedicar más tiempo a la oración. Ciertamente, no hay nada de malo en esto. Después de todo, la Biblia dice: “constantes en la oración” (Rom. 12:12) y “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17). Pero, debemos también mejorar la calidad de nuestras oraciones. Siempre debemos orar “con fe” (Sant. 1:6) y conforme a la voluntad de Dios (1 Jn. 5:14-15), recordando que la voluntad de Dios se revela en su palabra (1 Cor. 2:10-13).  Debemos esperar que la voluntad de Dios se haga antes que la nuestra (cf. Mat. 26:39).


CONCLUSIÓN

Obviamente, hay muchas otras cosas que podríamos añadir a nuestro listado.  Pero, lo anterior ofrece la idea bastante instructiva para estimularnos a ser más fieles y dedicados en el servicio de Cristo. Tome éstas ideas, y añada las suyas que encontrará meditando en las Escrituras, y afirme sus pasos en el camino a la vida eterna.

“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Ped. 1:13-17).


¿Hay diferencia entre el “evangelio” y la “doctrina”?


Por Josué I. Hernández

Algunos hablan de una supuesta “diferencia” entre los términos “evangelio” y “doctrina”. Ellos dicen que el evangelio se predica a los inconversos y que la doctrina se enseña a los cristianos. Su argumentación hace una diferencia que Dios no hace; y la consecuencia es una predicación bien acotada, restringida, de lo que se cree que es el evangelio a diferencia de lo que se cree que es la doctrina. Así, pues, se evitan enseñar temas considerados doctrinales pues sólo serán necesarios para los cristianos, a diferencia del evangelio que es necesario sólo para los perdidos.
Esto es peligroso. Hacer diferencias que Dios no hace es: Añadir a su palabra (Deut. 4:2; 12:32; Apoc. 22:18), pensar más de lo que está escrito (1 Cor. 4:6), trazar mal la palabra de verdad (2 Tim. 2:15), no hablar conforme a las palabras de Dios (1 Ped. 4:11), y torcer las Escrituras (2 Ped. 3:16).
Pero, ¿cuál fue la comprensión que los hombres inspirados y demás cristianos primitivos tenían sobre lo que se ha de enseñar y predicar? El evangelio, la fe, la verdad, la palabra de Dios y la doctrina, han de ser predicados y enseñados al mundo y a la iglesia. El Nuevo Testamento no hace distinción técnica entre estos términos descriptivos.

Predicado y enseñado Al mundo A la iglesia
El evangelio Mar. 16:15,16 Rom. 1:15
La fe Hech. 6:7 Jud. 3
La verdad 1 Ped. 1:22 Ef. 4:15
La palabra de Dios Ef. 1:13; Stgo. 1:18 2 Tim. 4:2; Stgo. 1:21
La doctrina Rom. 6:17 Tito 2:1

Los términos “evangelio” y “doctrina” son usados intercambiablemente en el Nuevo Testamento, y ambos deben ser predicados y enseñados tanto al mundo como a la iglesia.

El evangelio predicado a la iglesia La doctrina enseñada al mundo
Gal. 2:2 Rom. 6:17,18
Gal. 2:14 Hech. 5:21,28
1 Cor. 15:1,2 Hech. 13:6,7,12
Fil. 1:27 Heb. 6:1,2

No hay distinción entre “evangelio” y “doctrina”. Por esto, no nos sorprende leer que los romanos habían obedecido el patrón de doctrina dispuesto por Dios para su salvación (Rom. 6:17,18), el cual es “la fe” (Rom. 1:5), “el evangelio” (Rom. 1:16), “la palabra de verdad” (Ef. 1:13), es decir, “la sana doctrina” (cf. 1 Tim. 1:10), “la forma de las sanas palabras” (2 Tim. 1:13).

Debido a lo anterior, leemos en Hechos que los santos fieles predicaban “la palabra de Dios” (Hech. 13:7), es decir, “la fe” (v.8), “la doctrina del Señor” (v.12), el “evangelio de la gracia de Dios” (Hech. 20:24), el cual es “la palabra de su gracia” (Hech. 20:32).

Navidad: ¿Día de “celebración secular” o “día religioso y santo”?


Por Josué I. Hernández


En general la celebración de la Navidad es ocasión anual diversa. Es común el intercambio de regalos, pasatiempos familiares y reflexiones por las bendiciones recibidas. Comúnmente, en esta fecha los trabajadores reciben un bono extra de parte de sus patrones, y esto por ley. Y es más, muchas personas celebran el día de una manera religiosa, como un día santo de su calendario, conmemorando el nacimiento de Jesucristo, y con diversas actividades religiosas programadas por su denominación.
Pero, ¿cómo han de observar este día los cristianos? ¿Como un día de fiesta religioso o solamente como un día de fiesta secular? ¿Deben los cristianos evitar cualquier tipo de pasatiempo como algo pecaminoso? ¿Podrán los cristianos hacer burla de las prácticas de otros en este día?

La Navidad como un día de fiesta secular
En Romanos 14, Pablo señaló varios asuntos amorales e indiferentes en sí, como cosa de opinión personal. Se dirigió respetuosa y específicamente al consumo de ciertos alimentos y la observación de ciertos días. Las dos eran cosas que se podían hacer dando a la vez algún tipo de significado religioso en el proceso (cf. 1 Cor. 8:7; Gal. 4:10,11) aún cuando este significado no estaba inherentemente involucrado en la práctica. Se podía comer ciertos alimentos y observar ciertos días, de manera aceptable a Dios, sin dar el determinado sentido religioso que otros aplicaban. En fin, tales cosas caen en la categoría de lo que es la libertad personal (Rom. 14:5,6).

Navidad como un día de fiesta religioso
Dado que la Navidad se utiliza comúnmente para conmemorar el nacimiento de Cristo, muchos creen que los cristianos deben observar este día religiosamente. Sin embargo, los servicios religiosos que se tributan a Dios en esta fecha, son diametralmente diferentes a los asuntos de la libertad personal. Debemos tener autoridad para todo lo que hacemos en nuestro servicio a Dios (cf. Col. 3:17).
¿De dónde obtenemos algún permiso bíblico para observar religiosamente la Navidad? Jesucristo ni siquiera mencionó alguna instrucción relativa a esta conmemoración de la tradición posterior. Los apóstoles tampoco lo hicieron. No hay ningún ejemplo aprobado de que la iglesia primitiva practicara la observancia religiosa de la Navidad. Es más, y como todo buen estudiante de la Biblia podrá claramente observar, la Biblia no dice, y ni siquiera implica, que Jesús de Nazaret haya nacido un 25 de diciembre.

Nosotros no estamos en libertad de inventar nuestras propias prácticas religiosas y pretender agradar a Dios con ellas (Mat. 7:21-23; Col. 2:23).
Si queremos observar la Navidad como festividad secular, no habrá pecado en ello. Pero, no podemos tomarnos la libertad de crear una nueva conmemoración religiosa y actos de adoración asociados.

¿Nos reconoceremos en el cielo?


Por Josué I. Hernández


         Ya hemos explicado y expuesto la doctrina bíblica acerca de la naturaleza del hombre, quien posee un alma (Mat. 10:28), espíritu (Stgo. 2:26) u hombre interior (2 Cor. 4:16; Ef. 3:16) el cual sobrevive la muerte física.  La evidencia bíblica apoya firmemente la existencia de aquella persona inmaterial que más allá de la muerte y la tumba continúa consciente a pesar de ser separada de su propio cuerpo por la muerte física (Gen. 35:18).
         Contrariamente a las conjeturas de los naturalistas, los filósofos y los religiosos materialistas, que sostienen que el hombre es completamente mortal y físico, según la Biblia el ser humano es más que simplemente “carne” y “sangre”.  Hay un elemento de nuestra persona que fue creado a la imagen y semejanza de Dios (Gen. 1:26), y bien sabemos que Dios no es un Ser físico (Jn. 4:24; Mat. 16:17; Luc. 24:39).  Por lo tanto, lógicamente, y a la luz de la revelación bíblica, el hombre interior trasciende lo material y carnal.

         El profeta Daniel afirmó: Se me turbó el espíritu a mí, Daniel, en medio de mi cuerpo, y las visiones de mi cabeza me asombraron (Dan. 7:15).  Bien sabemos que la turbación es un estado del espíritu, no del cuerpo.  Pablo afirmó que el espíritu del hombre que está en él tiene la facultad del conocimiento (1 Cor. 2:11).  En resumen, el espíritu del hombre es tan real como el cuerpo del hombre (Jn. 13:21; Luc. 1:47; 1 Cor. 16:18; etc).  


Más allá de la tumba

         Moisés escribió Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo (Gen. 25:8).  Y luego Abraham fue sepultado en la cueva de Macpela, en la heredad de Efrón hijo de Zohar heteo, que está enfrente de Mamre (Gen. 25:9) a kilómetros de las sepulturas de sus parientes y antepasados.   Entonces, la Escritura nos desafía a entender de otro modo las frases tales como: fue unido a su pueblo (Gen. 25:8), vendrás a tus padres en paz (Gen. 15:15) y fue reunida a sus padres (Jue. 2:10).  Semejantes expresiones están en total contraste con la sepultura física, y son una distinción del cuerpo físico en el sepulcro, pues denotan un reencuentro con el pueblo de Dios en el Seol, el lugar de los espíritus sin cuerpo.

         Cuando Jacob fue engañado por sus hijos, y pensaba que su amado José había sido devorado por alguna fiera, se lamentó diciendo: Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol(Gen. 37:35).  Por supuesto, Jacob no estaba anticipando el reunirse físicamente con José en alguna fosa común, el cuerpo de José no había sido sepultado sino que había sido supuestamente devorado.  Aun así, Jacob esperaba reunirse con él en el Seol. 
Así también David, cuando perdió a su hijo recién nacido, exclamó: Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí (2 Sam. 12:23).  Sin duda alguna, David sabía que su hijo continuaba existiendo más allá de esta vida terrenal y que se encontrarían nuevamente en la esfera espiritual.

Podemos aprender mucho de lo que citó Cristo respecto a la enseñanza de Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob (Luc. 20:37).  Cristo concluyó Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven (Luc. 20:38).  Abraham, Isaac y Jacob, con quienes Jehová Dios se identificó (Ex. 3:6) continuaban adorando a Dios, a pesar de haber muerto siglos antes de Moisés, ellos seguían conscientes y Jehová todavía era su Dios.

El joven necio de Proverbios 5 debía poner mucha atención a las palabras de sabiduría, por el contrario, y con toda seguridad, al experimentar la muerte física (Cuando se consuma tu carne y tu cuerpo, Prov. 5:11), él recordaría su necedad terrenal (Y gimas al final, 5:11) y admitiría ya muy tarde: ¡Cómo aborrecí el consejo, y mi corazón menospreció la reprensión… (5:12 y sig.)  Este pasaje, sin duda alguna, hace una alusión directa a la conciencia de culpa de los espíritus impenitentes luego de la muerte física.
        
         Isaías escribió acerca del rey de Babilonia ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones (Is. 14:12).  Al llegar al Seol, este rey fue recibido por quienes sufrieron el mismo destino al morir (Is. 14:9-10).  Sin duda este pasaje demuestra la realidad del estado consciente después de la muerte física y como las almas mantienen su identidad, se reconocen y recuerdan las circunstancias de la vida terrenal (cf. Ezeq. 32:21).

         Cristo enseñó que en el día final los hombres todavía serán responsables de sus actos cometidos aquí en la tierra, ya sea para vida eterna o muerte eterna  (Mat. 25:31-46; Jn. 5:28-29) lo cual sólo es posible si mantienen su identidad, carácter y conciencia.  Entonces, es necesario considerar con temor reverencial que todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (Heb. 4:13).
Cristo dijo Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?(Mat. 7:22).  En este pasaje, Jesús enseña claramente que los hombres tendrán total memoria de sus actos terrenales en el juicio venidero (Hech. 24:25) y serán responsables de sus hechos (Mat. 7:23) para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo (2 Cor. 5:10).  

Al morir físicamente, el hombre razona, recuerda, siente, ve, oye y habla, tal como lo vemos en el caso del rico y Lázaro (Luc. 16:19-31) y en las almas de los santos mártires bajo el gobierno de la gran ramera (Apoc. 6:9-11).

Entonces, ¿nos reconoceremos en el cielo? ¡Sí! El pueblo de Dios se reencontrará en una reunión maravillosa delante del trono de Dios (Apoc. 7:9-17).  Habrá ocurrido un cambio glorioso en nuestros cuerpos (1 Cor. 15:50-58), pero no perderemos la identidad.
Pablo confiaba en reconocer a los tesalonicenses, y en llenarse de satisfacción por su salvación eterna en aquel gran día (1 Tes. 2:19-20).  Algo similar dijo a los corintios (2 Cor. 1:14) y a los filipenses (Fil. 2:16), lo cual da a conocer que el pueblo de Dios se reconocerá mutuamente en el cielo.


Conclusión

La evidencia bíblica indica que la persona interior, o “espíritu” del hombre, mantiene su identidad, carácter y conciencia más allá de la muerte física.  Así mismo, es una verdad bíblica y una maravillosa esperanza para los cristianos el saber que el pueblo de Dios se reconocerá en el cielo.  En realidad, no hay evidencia de que el espíritu del hombre se vea alterado por la muerte física para perder la identidad o la memoria, ya que luego de la muerte el espíritu simplemente pasa de un modo de existencia a otro, pero es tan consciente como antes de dicha transición. 

El alma no duerme luego de la muerte física, sino que es aun más consciente al ser liberada de las limitaciones de la carne.  

¿Jehová Dios había engañado al pueblo?


Por Josué I. Hernández


En uno de los sermones del profeta Jeremías, predicado durante el reinado del buen rey Josías, y esto lo podemos deducir porque no se observa oposición a su predicación (aproximadamente entre el 627 y 609 A.C.) Jeremías dijo: Y dije: ¡Ay, ay, Jehová Dios! Verdaderamente en gran manera has engañado a este pueblo y a Jerusalén, diciendo: Paz tendréis; pues la espada ha venido hasta el alma (Jer. 4:10).
¿Notó lo que dijo el profeta Jeremías respecto a la acción de Jehová Dios? en gran manera has engañado a este pueblo”.
Sí, el engaño que se estaba manifestando daba a conocer la obra de Dios. Enseguida explicaremos esto.


Explicación y aplicación:

  • Evidentemente, Jeremías atribuye a Jehová las palabras engañadoras predicadas en Jerusalén: ¡Ah Jehová, Señor! ciertamente has del todo engañado a este pueblo (Jer. 4:10, VM).
  • Sin embargo, Jeremías especifica claramente que estas palabras engañosas salían de sacerdotes y profetas del error: “Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz” (Jer. 6:13,14). Otros pasajes del libro de Jeremías, que señalan la acción perniciosa de estos falsos profetas son: 5:12; 8:10-11; 14:13; 23:17.
  • Entonces, aquí tenemos otro ejemplo de que “Dios hace lo que permite”. Jeremías 4:10 debe ser interpretado a la luz de 1 Reyes 22:19-23, Ezequiel 14:1-11 y 2 Tesalonicenses 2:8-12, entre otros, los cuales especifican que lo que Dios permite lo hace para llevar adelante sus santos y divinos propósitos usando a veces a hombres corruptos sin que estos lo sepan.
  • El pueblo de Judá tenía mala actitud hacia la verdad de Dios, simplemente la aborrecían. Por lo tanto, el Señor castigó tal actitud permitiendo que falsos profetas predicaran al pueblo lo que este quería oír. Así, pues, el pueblo con comezón hacia la verdad eran satisfechos con palabras que aliviaban su alergia hacia la palabra de Dios (cf. 2 Tim. 4:3,4).
  • Los profetas del error no amaban la verdad. Dios no puso revelación alguna en sus corazones, ni vulneró su libre albedrío. El mensaje que estos falsos predicaban era de ellos, no de Dios. Pero, Dios puede usar a hombres corruptos para lograr sus propósitos, castigando así la mala actitud general hacia la verdad.
  • Así también hoy, Dios permite a los que aborrecen la verdad el ser engañados por el error: “y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (2 Tes. 2:10,12).
  • Recuérdese, hay una verdad en el ámbito espiritual que es tan verdadera como las verdades aritméticas o físicas, esta es la verdad de Cristo (Jn. 8:31,32; 17:17; 1 Ped. 1:22-25).
  • Dios no se complace en aquellos que aborrecen la verdad, y el ejercicio de tantos falsos maestros hoy en día es prueba de ello.

Pasajes importantes respecto a la verdad de Cristo:

  • “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4).
  • No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad (1 Jn. 2:21).
  • Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad (2 Tim. 3:7).
  • y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos (2 Tes. 2:10).
  • En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1:13). 
  • a causa de la esperanza que os está guardada en los cielos, de la cual ya habéis oído por la palabra verdadera del evangelio (Col. 1:5). 

Considérese el siguiente comentario:
          “Pablo explica el problema: por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. – La verdad es el evangelio, la enseñanza de Cristo y sus apóstoles. Después de morir los apóstoles, muchos dejaron de perseverar en la doctrina de los apóstoles. Dejaron de practicar la enseñanza de Hech. 2:42; 14:23; 20:7, etc. Muchos textos describen esta apostasía (1 Tim. 4:1-3; Col. 2:18-23; 2 Tim. 3:1-7; 2 Pedro; Judas, etc.). Si la iglesia deja de recibir el amor de la verdad y substituye la verdad por mentiras, el resultado es la apostasía…
          La verdad es angosta, porque es absoluta. No es relativa, como muchos creen. No es subjetiva, sino objetiva; es decir, la verdad no es la verdad solamente para algunas personas en particular y bajo ciertas circunstancias, sino que es la verdad para todos, bajo cualquier circunstancia, en cualquier tiempo. Por lo tanto, es absurdo decir que “no importa lo que uno crea con tal que sea sincero”. Insultan al Espíritu Santo los que dicen que la verdad revelada in la Biblia no es absoluta, sino que su significado depende de la interpretación de cada persona. Según esto la mentira es tan buena como la verdad.
          Muchos creen y enseñan que la verdad no es absoluta. Creen, pues, que se debe ser muy tolerante de las creencias de otros. Los tales afirman que la verdad se encuentra  “entre los extremos”; es decir, que siempre habrá creencias o enseñanzas opuestas, y que la verdad se encontrará en medio de los dos lados. Este es un concepto muy común. Desde luego, es casi siempre necesario entre los partidos políticos, comerciales, industriales, educacionales, etc., pues cada lado insiste mucho en su posición para ganar todo lo que pueda y luego acepta ciertas modificaciones para poder finalizar un acuerdo con la oposición. Muchos religiosos se clasifican a sí mismos como muy tolerantes, muy liberales y comprensivos…
          Lamentablemente muchos no aman la verdad, sino la mentira. Dice el Sal. 52:3, “Amaste el mal más que el bien, la mentira más que la verdad”. Nos conviene amar la verdad y aborrecer la mentira. Es indispensable que amemos la verdad…
          Cuando el hombre no ama la verdad y rehúsa aceptarla, ¿qué va a creer? Obviamente está resuelto a creer la mentira; por eso, Dios le enviará “un poder engañoso”. En un sentido Dios hace lo que permite. 1 Crón 21:1 dice que “Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel”, pero 2 Sam. 24:1 dice que Dios “incitó a David contra ellos a que dijese: Vé, haz un censo de Israel y de Judá”.
          Es posible que esta declaración sorprenda a muchas personas y aun dirán que Dios es injusto, pero esto lo dicen porque no conocen a Dios y no saben la importancia de aceptar la verdad y hacer la voluntad de Dios. La Biblia dice que Dios endureció el corazón de Faraón porque primero éste endureció su corazón (Ex. 3:19; 5:1, 2; 7:3, 13). Con respecto a los cananeos corruptos y malvados Josué 11:20 dice, “Porque esto vino de Jehová, que endurecía el corazón de ellos para que resistiesen con guerra a Israel, para destruirlos, y que no les fuese hecha misericordia, sino que fuesen desarraigados, como Jehová lo había mandado a Moisés”. El rey Acab (rey de Israel) había rechazado a Dios y practicaba la idolatría. Dice 1 Rey. 22:20, “Y Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad? Y uno decía de una manera, y otro decía de otra.  21  Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera?  22  El dijo: Yo saldré, y seré espíritu de mentira en boca de todos sus profetas. Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; vé, pues, y hazlo así.  23  Y ahora, he aquí Jehová ha puesto espíritu de mentira en la boca de todos tus profetas, y Jehová ha decretado el mal acerca de ti”. En cuanto a los gentiles que, “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, sino que se envanecieron en sus razonamientos … como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Rom. 1:21, 28)…
          En la primera carta a los tesalonicenses (2:16) Pablo se refiere a los judíos que, a pesar de escuchar las explicaciones de Pablo en las sinagogas (Hech. 17:1-3), no sólo rechazaron la verdad, sino que “impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo”.

          Pablo dijo a Timoteo que “vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oir, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4:3, 4) (Notas sobre 1 y 2 de Tesalonicenses, por Wayne Partain).

Ideas Falsas Sobre El Espíritu Santo


Por Josué I. Hernández


Jesús advirtió: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mat. 7:15), y a pesar de la opinión popular, Cristo tiene razón, los falsos maestros sí existen.  El apóstol Pedro dijo: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros…” (2 Ped. 2:1).
Son varios los errores doctrinales que han surgido en torno al Espíritu Santo y su obra, veamos:


Error #1: El Espíritu Santo no es una persona

         Este es un error que se ha vuelto popular en varias denominaciones de corte unitario.  Por ejemplo, los falsos “testigos de Jehová” afirman que el Espíritu Santo es la fuerza activa de Jehová la cual emana de sí mismo para llevar a cabo su voluntad.  Mary Baker Eddy, fundadora de la “Ciencia Cristiana”, caracterizó al Espíritu Santo como una “Ciencia Divina”.  Así también, Parley Pratt, uno de los primeros líderes del Mormonismo, describió al Espíritu Santo como una fuerza similar al magnetismo o a la electricidad, y más tarde se refirió al Espíritu Santo como un “fluido divino” y “energía impersonal”.
         Cada una de las nociones anteriores son bastante lejanas de la realidad.  El Espíritu Santo es una Persona Divina, y esto se evidencia por los siguientes factores:
1.    El Espíritu Santo actúa de manera personal.  El puede hablar (Mat. 10:20; 1 Tim. 4:1); enseñar (Jn. 14:26); testificar (Jn. 15:26); guiar, escuchar y declarar (Jn. 16:13); enviar (Hech. 10:20); prohibir (Hech. 16:6), saber y conocer (1 Cor. 2:11); declarar su voluntad (1 Cor. 12:11); librar (Rom. 8:2); amar (Rom. 15:30).  En todos los pasajes antes descritos, una persona (El Espíritu Santo) actúa como tal.
2.    El Espíritu Santo, tal como cualquier otra persona, puede ser contristado (Ef. 4:30); se puede mentir contra él (Hech. 5:3); se puede blasfemar contra él (Mat. 12:32); puede ser resistido (Hech. 7:50); incluso él puede afrentado (Hech. 10:29).  ¿Se puede hacer cosas semejantes contra la energía eléctrica o el magnetismo? ¿Concuerdan semejantes acciones con algún “fluido” o “energía impersonal”?  ¡Claro que no!
3.    El Espíritu Santo es mencionado en contextos en los cuales otras personas son involucradas en las acciones descritas.  Por ejemplo, hablando del Espíritu Santo, Cristo dijo “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Jn. 16:14).  Si Cristo es una persona ¿Por qué no lo es el Espíritu Santo también?  Nótese que Cristo (una persona) habla con sus apóstoles (personas) de otra persona (El Espíritu Santo).  Lo mismo lo vemos cuando varios hombres inspirados escribieron: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hech. 15:28).  El Espíritu Santo es tan personal como el “nosotros” del mismo texto.


Error #2: El Espíritu Santo todavía hace milagros

         Todo estudiante serio de las Escrituras sabe que Dios ha empleado de milagros para llevar adelante su plan de redención.  Por medio de milagros, el universo fue creado y ordenado (Gen. 1; Sal. 33:6-9; Heb. 11:3).  Luego, cuando Dios comenzó a revelar su voluntad, Él documentó como auténtico su mensaje con fenómenos sobrenaturales.  En fin, estas milagrosas intervenciones validaron el mensaje revelado (Mar. 16:17-20). 
Todo lo anterior, por supuesto, no prueba que Dios exhiba de la misma manera su poder en el día de hoy.  Considérese lo siguiente:

1.    En ningún lugar del mundo hay eventos sobrenaturales que se asemejen al tipo de “señales” que fueron comunes en el primer siglo.  ¿Dónde está la persona, que careciendo de una parte visible de su cuerpo, ésta le fue restaurada perfecta e instantáneamente (Luc. 22:51)?  ¿Dónde está alguno que luego de cuatro días muerto, y ya sepultado, ha salido de la tumba (Jn. 11:44)? ¿Quién paga los impuestos hoy en día con el dinero extraído de la boca de un pez (Mat. 17:27)?  Los supuestos “milagros modernos” no tienen nada en común con los “milagros bíblicos”.  Es más, los supuestos milagros actuales son un fraude.  Si no ¿Dónde está aquel que puede sanar completa, perfecta e instantáneamente a “todos” los que vengan por sanidad milagrosa (Mat. 4:23-24; Hech. 5:16)?
2.    El alegato de que el Espíritu Santo está obrando de manera milagrosa aún hoy en día es contrario a la enseñanza bíblica de que dichas “señales” finalizarían.  Como se indicó anteriormente, y ahora lo repetimos, los milagros tuvieron el propósito de confirmar la verdad que se iba predicando (Mar. 16:20; Heb. 2:2-4).  Cuando el proceso de revelación concluyó, y “toda la verdad” fue dada (Jn. 16:13) entonces ya no fueron necesarios y cesaron (1 Cor. 13:8-13).  Nadie puede argumentar consistentemente, que los milagros siguen en curso hoy en día sin también sostener que la revelación de la verdad sigue en curso y el Nuevo Testamento es incompleto.
3.    Los medios para recibir un don sobrenatural, como en el primer siglo, no son operativos hoy en día.  En el primer siglo, los dones sobrenaturales fueron otorgados por la imposición de las manos de los apóstoles (Hech. 8:17, 18; 19:6; 2 Tim. 1:6).  Debido a que no hay apóstoles vivos hoy en día, la evidencia demuestra que son imposibles de obtener.
4.    El Espíritu Santo mismo afirmó claramente que la dotación de señales milagrosas sería algo temporal.  Cuando se completó la dotación de la verdad, los milagros cumplieron su propósito y pasaron (Ef. 4:11-16; 1 Cor. 13:8-13).


Error #3: La operación directa del Espíritu Santo en la conversión

         Son varias las denominaciones que enseñan que el Espíritu Santo opera de una manera directa y misteriosa sobre el pecador  en el proceso de la conversión.  Entonces, ellos tienen en la conversión, como factor determinante, a la operación directa del Espíritu Santo por la gracia irresistible.
         Si el Espíritu Santo opera de manera directa en el alma del pecador, aparte de la predicación (escrita o hablada) ¿Por qué no se ha encontrado a algún cristiano solitario en un lugar inhóspito muy lejos de la civilización?  Esta circunstancia es inexplicable a la luz de la teoría anterior.
Ciertamente es verdad que la obra del Espíritu Santo es fundamental para la regeneración de los que están perdidos.  Pero su obra es ejercida a través de su palabra revelada (Ef. 6:17) y no aparte de la Escritura (2 Tim. 3:16-17).  Es por el Espíritu Santo que uno llega a bautizarse para pertenecer al cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:13) y este resultado es conseguido por la palabra del Espíritu (Ef. 5:26; 6:17). 
El proceso de conversión, designado como un nuevo nacimiento (Juan 3:3, 5), sólo es posible por la agencia del Espíritu Santo.  Pero ¿Cómo sucede esto?  Leamos: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Ped. 1:22-23, énfasis mío, jh). 
Santiago declara “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Stgo. 1:18, énfasis mío, jh).  Pablo afirmó: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Cor. 6:11, énfasis mío, jh).  Sin embargo, Pablo también dijo, y en la misma epístola “yo os engendré por medio del evangelio (1 Cor. 4:15, énfasis mío, jh).
Ciertamente el Espíritu Santo ejerce su influencia para que los hombres sean salvos, pero su influencia está escrita en el evangelio.  Si otra cosa se necesita para la salvación de los hombres, entonces el Espíritu Santo se equivocó cuando afirmó por boca de Pablo “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Rom. 16:16).


Error #4: La iluminación del Espíritu Santo para comprender la Escritura

         Comúnmente se argumentan dos cosas.  Que la Biblia no es suficientemente lúcida para conducir a los hombres a la vida eterna.  Y que el hombre totalmente depravado no puede comprender la revelación de Dios.
         Son varios los que argumentan que debemos estudiar las Escrituras para entenderlas, pero que también necesitamos la iluminación especial del Espíritu de Dios para lograr dicho objetivo.
         Si esta opinión es correcta ¿Es el Espíritu Santo infalible en su revelación como también lo es en su iluminación del texto mismo?  Si la respuesta es sí, entonces todos los iluminados deben manifestar una exégesis perfectamente impecable de la Biblia y deben estar totalmente unidos en su comprensión y práctica de la Escritura.  Pero tal cosa no es así.  Numerosos estudiosos de la Biblia, que afirman la “iluminación del Espíritu Santo”, están constantemente en desacuerdo en sus doctrinas y opiniones teológicas.  Por otra parte, es el epítome de la inconsistencia argumentar a favor de la “iluminación sobrenatural del Espíritu” y luego escribir un libro que establece las normas para la correcta interpretación bíblica.
         Como ya hemos afirmado, la Biblia enseña que “leyendo” podemos entender (Ef. 3:4).  Incluso, Dios manda que entendamos (Ef. 5:17).

         Se alega que el “hombre natural” no puede conocer las cosas de Dios, y se cita 1 Corintios 2:14 para probarlo.  Pero el texto no afirma la existencia de la “iluminación del Espíritu Santo”.  Pablo simplemente afirma que el hombre natural (no enseñado por el Espíritu Santo a través de voceros designados – 1 Cor. 2:10) no puede conocer las verdades espirituales, estas cosas para él son locura y no las puede conocer (ginosko – conocer por la experiencia).   
Estas cosas reveladas por el Espíritu, deben ser discernidas espiritualmente (conocidas a través de las Escrituras) pues esta verdad no puede ser descubierta por alguna experiencia intuitiva, porque nadie puede conocer la mente de Dios, excepto el Espíritu de Dios (1 Cor. 2:11).  Por esto Dios reveló su voluntad (1 Cor. 2:9-10; Jn. 16:13).  Y esta es la razón por la cual nadie es salvo sin la intervención de la predicación del evangelio (1 Cor. 1:21; Rom. 10:15-17). 
        
La verdad ya fue revelada en la Escritura (2 Tim. 3:16-17) y la debemos leer con atención (Ef. 3:4) para saber la voluntad de Dios (Ef. 5:17).