Abandonando el patrón, ¿a dónde iremos?



El apóstol Pablo instruyó al joven evangelista Timoteo, diciendo: “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4:2-4).
Estas palabras del apóstol Pablo indican que hay un cuerpo divinamente revelado y aprobado como doctrina de Dios, “la palabra”, que se ha de usar para redargüir, reprender y exhortar, a las gentes en cuanto a su necesidad de obedecer al Señor. Al mismo tiempo, el apóstol dijo que habría quienes darían la espalda a la palabra de Dios yéndose tras las fábulas. Evidencia de esta predilección del hombre por la satisfacción de sus propios deseos, es la actual comezón de oír la verdad para no sufrir la sana doctrina.
Gran parte de lo que se hace en religión hoy en día es un reflejo del constante deseo del hombre alejado de Dios.

Desde los días de los apóstoles hasta nuestros días, muchos religiosos han desechado el “yugo” de nuestro Señor Jesucristo (Mat. 11:28-30), descontentos con permanecer en su palabra y ser así sus “discípulos” (Jn. 8:31,32), han descartado el modelo (patrón, molde) bíblico para adoptar patrones de su propia invención en el ámbito religioso. Y así, la sincera obediencia a la palabra y voluntad de Dios es reemplazada por la devoción a las prácticas religiosas tradicionales, y doctrinas humanas.

               Los que encuentran que el camino “estrecho” es demasiado estrecho para su propio gusto, harían bien en recordar que “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Prov. 14:12). Sin embargo, muchos de aquellos que actualmente dicen seguir a Cristo, a menudo caminan por un camino torcido que les parece derecho. La realidad de esta situación se observa claramente entre quienes niegan que Dios haya revelado algún patrón en las Escrituras al cual debamos adherirnos.

Patrón diferente = Evangelio diferente
A quienes se adherían a un patrón hecho por el hombre en lugar del modelo del evangelio de Cristo, el apóstol Pablo escribió: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gál. 1:6-9).
Todos los que tratan de cambiar el patrón de lo que fue entregado por el Señor, por medio de sus apóstoles, se ubican en una posición de maldición delante de Dios.

Amor, libertad y obediencia
La mentalidad de los que dicen “no hay patrón”, ve el amor como algo opuesto a la ley de Dios. Por lo tanto, cuando oyen que el Nuevo Testamento presenta las directrices divinas que debemos seguir,  se escandalizan considerándolo como un legalismo que contradice el amor. Pues según su doctrina, en la práctica se podría violar la ley de Dios por buenas intenciones, como si el fin justificara los medios. Ellos creen que todo lo que no está expresamente prohibido en las Escrituras está permitido por Dios.
Sin embargo, el Espíritu Santo entrelaza la ley de Dios con el amor y la libertad. La ley de Cristo es “la perfecta ley, la de la libertad” (Sant. 2:12; Gal. 6:2).  “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Jn. 5:3). “Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio” (2 Jn. 6).
Los que dicen que “no hay patrón” no ven nada pecaminoso en agregar o quitar a la ley de Dios (cf. Deut. 4:2; Apoc. 22:18,19) porque han olvidado que el pecado es una transgresión de la ley (1 Jn. 3:4).

Fariseísmo
Los que dicen que “no hay patrón” etiquetan a los que procuran vivir conforme al patrón del Nuevo Testamento como “fariseos”. No obstante, tal etiqueta no está conforme a la verdad escritural. El Señor Jesús jamás condenó a los fariseos por seguir el modelo divino, sino por sustituir los mandamientos de Dios por sus tradiciones: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mat. 15:7-9).
Cristo dice lo mismo a todos aquellos que sustituyen la ley de Dios por sus tradiciones y mandamientos humanos. Los que dicen que “no hay patrón” son los fariseos de la actualidad, ya que su “libertad” para adorar y servir a Dios según su predilección los deja esclavos al error denominacional de pensar más allá de lo que está escrito (1 Cor. 4:6) y de hablar disconformes con la palabra de Dios (1 Ped. 4:11). Y llegan a ser una reminiscencia de aquellos descritos por el apóstol Pedro, cuando dijo: “Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Ped. 2:19).
En oposición directa al patrón de las sanas palabras (1 Tim. 6:3; 2 Tim. 1:13), los que dicen que “no hay patrón” promueven tradiciones humanas tales como la música instrumental en la adoración cristiana (Ef. 5:19; Col. 3: 16,17), diversas comidas sociales con el dinero de la iglesia (1 Cor. 11:17-34), la sustitución de los elementos bíblicos para la cena del Señor (Mat. 26:26-29), así como la sustitución del día designado para su observancia (Hech. 20:7), y como resultado sólo queda el desorden (1 Cor. 14:40) y el uso de toda suerte de táctica humana para recolectar más fondos para sus proyectos religiosos (1 Cor. 16:1,2; 2 Cor. 9:6-15).
Para los que dicen que “no hay patrón”, el tipo de adoración dependerá de la preferencia y sentimientos de cada cual, sin importar lo que Cristo enseñó acerca de la clase de adoración que es aceptable a Dios (Mat. 15:9; Jn. 4:23,24), y a la vez que ellos se ven a sí mismos como los campeones de las verdades descuidadas, en realidad son defensores de doctrinas humanas y errores denominacionales. Han fracasado en distinguir entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, y por lo tanto se apuran en promover más y más el pago de los diezmos (Num. 18:21; Deut. 14:22), perpetuando algo que fue quitado y reemplazado por el Nuevo Testamento (Col. 2:14-17; Heb. 7:12; 8:13; 9:16,17). Así también, su falta de voluntad para comprender que el bautismo en Cristo es para el perdón de pecados, resulta en la perpetuación del error denominacional que ignora los términos divinos para la salvación de los pecadores (Mar. 16:16; Hech. 2:38; 22:16).

Conclusión
Abandonar el patrón de la doctrina de Cristo conduce a la condenación eterna (Mat. 7:21-23; 3 Jn. 9). El evangelio ha sido revelado para que lo obedezcamos (Rom. 2:7,8; 2 Tes. 1:8,9; 1 Ped. 4:17). Cristo es “autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:9). Cuando la posición de uno lo obliga a atacar a los que están obedeciendo al Señor, uno haría bien en abandonar dicha posición. En este sentido, los que dicen que “no hay patrón” se ubican a sí mismos junto a los “falsos apóstoles” y “obreros fraudulentos” (2 Cor. 11:13-15).

               Si usted ha dicho que “no hay patrón” debe volverse al patrón del evangelio y sujetarse al yugo de Cristo. Dejar el patrón no le lleva por un camino de rectitud, sino por un camino de rebeldía y perdición.

La obra del Espíritu Santo en la conversión



Introducción
Todo creyente en la Biblia reconoce la necesidad de la conversión, y está convencido de que ésta se efectúa por la obra del Espíritu Santo. Es nuestro propósito en este estudio el presentar lo que la Biblia enseña sobre este importante tema.


El hecho

La Biblia afirma claramente que el Espíritu Santo tiene un papel rol crucial para la conversión de los pecadores. El pecador debe: (1) Ser nacido del Espíritu (Jn. 3:5). (2) Vivificado por el Espíritu (Jn. 6:63). (3) Convencido por el Espíritu (Jn. 16:8). (4) Librado por el Espíritu (Rom. 8:2). (5) Santificado por el Espíritu (2 Tes. 2:13; 1 Cor. 6:11). (6) Justificado por el Espíritu (1 Cor. 6:11). (7) Lavado por el Espíritu (1 Cor. 6:11). (8) Llamado por el Espíritu (Apoc. 22:17). Todos estos actos tienen que ver con la obra del Espíritu Santo para la salvación humana.


El cómo

Una cosa es saber que el Espíritu Santo obra en la conversión, y otra cosa muy diferente es comprender cómo él hace su obra para la conversión de los pecadores. Este ha sido un punto de controversia durante siglos. Debido a la influencia del Calvinismo (Teología Reformada), las principales denominaciones protestantes enseñan que el Espíritu Santo opera directamente en el pecador de algún modo misterioso y/o milagroso, y aparte de la palabra del evangelio.
La principal diferencia entre la Teología Protestante y la enseñanza de la Biblia en este punto, no es si el Espíritu actúa o no en la conversión, sino el cómo obra el Espíritu Santo en la conversión. La Biblia enseña que el Espíritu opera en el corazón del pecador por medio de su espada (Ef. 6:17), no directamente, sino por medio de la palabra del evangelio (Ef. 1:13). En cambio, los teológos protestantes afirman que la operación del Espíritu en el corazón del pecador es directa, sin agencia intermediaria, y aparte de la palabra del evangelio. Que esta doctrina Calvinista es errónea, llegará a ser muy claro a medida que avancemos en este estudio.

El asunto puede ser afirmado basándonos en la Escritura, de manera clara y concisa, de la siguiente forma: No hay cosa alguna que el Espíritu haga directamente en el pecador para la conversión de éste que no lo realice la propia palabra de Dios. O, para decirlo de otro modo más claro aún: Todo lo que el Espíritu Santo hace para la conversión del pecador, es lo mismo que la palabra de Dios hace para la conversión del pecador.
Esto no quiere decir que la conversión se puede lograr a través de dos vías diferentes, sino que se lleva a cabo por el Espíritu a través de la palabra de Dios. Notemos que todas las cosas que para el pecador son necesarias, se logran a través de la palabra de Dios: 

Nacer del Espíritu (Jn. 3:5)

Nacer por la palabra de Dios (1 Ped. 1:23)

Vivificado por el Espíritu (Jn. 6:63)

Vivificado por la palabra de Dios (Sal. 119:50)

Convencido por el Espíritu (Jn. 16:8)

Convencido por la palabra (Tito 1:9)

Libertado por la ley del Espíritu (Rom. 8:2)

Libertado por el evangelio (Luc. 4:18; Jn. 8:32; Gal. 5:1)

Santificado por el Espíritu (1 Cor. 6:11; 2 Tes. 2:13)

Santificado por la palabra de Dios (Jn. 17:17)

Justificado por el Espíritu (1 Cor. 6:11)

Justificado por la fe (Rom. 5:1) por oír la palabra de Dios (Rom. 10:17)

Lavado por el Espíritu (1 Cor. 6:11)

Lavado por la palabra de Dios (Ef. 5:26).

Llamado por el Espíritu (Apoc. 22:17)
Llamado por el evangelio (2 Tes. 2:14) dado por el Espíritu (1 Ped. 1:12).

El lector imparcial y no prejuiciado puede ver claramente la verdad bíblica sobre la obra del Espíritu Santo para la conversión de los pecadores. El Espíritu obra a través de su ley (Rom. 8:2). La ley del Espíritu es la palabra del evangelio (1 Cor. 2:6-13; 1 Ped. 1:12).
Por ejemplo, uno puede decir que Dios trae los niños a nuestras familias, sin indicar detalles acerca de cómo lo hace. Sin embargo, todos sabemos que Dios lo hace por la ley natural. Ahora bien, decir que el Espíritu convierte el pecador no debe entenderse como una acción directa en los corazones, pues la acción es por medio del evangelio, la ley espiritual. El apóstol Pablo dijo: "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte" (Rom. 8:3). Esta acción del Espíritu es por medio de su ley, la palabra del evangelio, que él reveló a través de los apóstoles (1 Ped. 1:12).
La veracidad de nuestra afirmación se ve corroborada por los muchos pasajes que afirman la suficiencia de la palabra del evangelio.

1.   Pablo dijo que el evangelio (no la operación directa del Espíritu Santo) es el “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16). Por este motivo afirmó que los corintios fueron hechos salvos por el evangelio (1 Cor. 15:1,2), no por la operación directa del Espíritu Santo.

2.   Pablo dijo que la ley del Espíritu liberta (Rom. 8:2), no la operación directa del Espíritu Santo.

3.   La palabra de Dios es suficiente: (a) satisface a los que tienen hambre y sed de justicia (Mat. 4:4; 5:6; 1 Ped. 2:2); (b) sana a los enfermos por el pecado (Mat. 9:12; Mat. 13:15; Sal.107:20); (c) dirige a los perdidos en la oscuridad espiritual (Ef. 5:13; Sal. 119:105,130); (d) purifica como fuego las impurezas espirituales (Luc. 7:29; Mal. 3:2; Jer. 23:29; 20:9); (e) aplasta la obra del diablo (Jer 23:29; Rom. 16:18,19). (f) provee cual semilla de vida espiritual (Luc. 8:11; Col. 1:5-7); g) mata lo que es terrenal (Col. 3:5).

4.   Pablo dijo que la palabra del evangelio (no la operación directa del Espíritu Santo) es capaz de dar la herencia eterna (Hech. 20:24,32).


Los que sostienen que una operación directa del Espíritu Santo es esencial para la conversión, tienen que explicarnos porque lo mismo que hace el Espíritu Santo también lo hace la palabra de Dios. Si ellos sostienen que el Espíritu habla directamente a los pecadores, es necesario que nos digan qué es lo que dice el Espíritu que la palabra no revele. Si el Espíritu Santo dice lo mismo que la palabra, ¿por qué necesita decirlo aparte de ella? ¿Por qué no podemos leerlo en la Biblia de una manera objetiva? Si ellos sostienen que las palabras dichas al pecador no están en la Biblia, ellos necesitan aprender que el Espíritu Santo ya reveló toda la verdad (Jn. 16:13). Además, Gálatas 1:8 dice: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anathema”.


Consecuencias de la teoría de la operación directa del Espíritu Santo en la conversión

1.   Responsabiliza a Dios por la condenación de la humanidad. Una de las características más importantes de la teoría en cuestión, es la posición en la que coloca a Dios. Es obvio que ningún hombre puede administrar el Espíritu Santo. Por lo tanto, si el pecador debe recibir el Espíritu de una manera separada y aparte de la palabra de Dios, entonces Dios decide cuándo y sobre quiénes permitirá la obra del Espíritu. Esto significa, según la teoría que estamos estudiando, que todos los perdidos en pecado son tales porque Dios les negó la operación directa del Espíritu, y por lo tanto Dios sería el responsable de su condenación como pecadores.
Uno no puede poner toda la responsabilidad de la salvación en Dios, sin que al mismo tiempo deje toda la responsabilidad de la condenación sobre él.
Cualquier doctrina que contradiga el amor universal de Dios es necesariamente falsa (1 Tim. 2:4; 2 Ped. 3:9). Dios no hace acepción de personas (Hech. 10:34,35).

2.   Apaga la urgencia de predicar el evangelio. La Biblia hace hincapié en la necesidad de predicar el evangelio a todos los hombres del mundo (Mar.16:15; Rom. 1:15,16). Pero, si la salvación del pecador depende solamente de Dios quien enviará a ciertos pecadores una operación directa del Espíritu Santo aparte del evangelio, entonces será inútil predicar el evangelio al mundo. ¿Qué bien podría hacer el evangelio en semejante caso si la salvación no depende de obedecerlo?


Conclusión

La conclusión obvia es que el Espíritu Santo sí obra en la conversión de los pecadores, pero su operación se realiza a través de la palabra del evangelio. El cirujano opera en el corazón físico del hombre, pero siempre lo hace a través de determinados instrumentos especiales para ello. La palabra del evangelio es el instrumento del Espíritu para su operación en el corazón espiritual del hombre. O mirándolo desde otro punto de vista, el Espíritu actúa en la conversión de los pecadores, al revelar la ley de la conversión (Rom. 8:2), es así también como el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom. 8:16). Esto se puede ilustrar de la siguiente manera:

EL TESTIMONIO DE LOS ESPÍRITUS
LA LEY DEL ESPÍRITU SANTO DICE
EL ESPÍRITU HUMANO DICE
Debes oír el evangelio (Jn. 6:44-45; Rom. 1:16).
“He oído el evangelio”
Debes creer el evangelio (Mar. 16:15,16; 10:9,10).
“He creído el evangelio”
Debes arrepentirte de tus pecados (Luc. 13:3; Hech. 2:38; 17:30).
“Me he arrepentido de mis pecados”
Debes confesar a Cristo como tu Señor (Rom. 10:9,10).
“He confesado a Cristo como mi Señor”.
Debes ser bautizador para el perdón de tus pecados (Acts 2:38; 22:16).
“He sido bautizado para el perdón de mis pecados”.

Cuando los testigos están en absoluto acuerdo, hay convicción objetiva de que la conversión ha sido consumada. Si no están de acuerdo, la conversión no ha sucedido. Esto es prueba, por lo tanto, que la conversión verdadera no depende de una misteriosa operación milagrosa del Espíritu Santo en los corazones, sino de obedecer el revelado testimonio del Espíritu Santo por la palabra del evangelio, lo cual convencerá al espíritu humano por medio de la Escritura de que se ha cumplido con la ley del Espíritu. El apóstol Juan dijo: “pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1 Jn. 2:5).
Si usted no ha cumplido con la ley de conversión del Espíritu Santo, usted está perdido en sus pecados, y no ha sido convertido a Cristo. Usted tiene que ser convertido para que sus pecados sean borrados y vengan de la presencia del Señor los tiempos de refrigerio (Hech. 3:19).


El ladrón en la cruz

"Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Luc. 23:42,43).

Para justificar su rechazo al bautismo en Cristo para el perdón de los pecados, muchos afirman, “¡El ladrón en la cruz fue salvo sin ser bautizado!”. Este argumento se basa en al menos tres supuestos audaces:

1.   Que el ladrón nunca fue bautizado, cuando lo más probable es que fue bautizado por Juan (Mat. 3:5), o por los mismos discípulos de Cristo (Juan 4:1). No se puede afirmar que el ladrón no fue bautizado. Lucas registró, “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba…” (Luc. 3:21), Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan (7:29).
2.   Que podemos ser salvos de la misma forma que el ladrón, cuando la única manera en que uno podría ser salvo al igual que el ladrón es tener a Jesús físicamente al lado diciéndole "hoy estarás conmigo en el paraíso”. Por supuesto, ya que Jesús ha ido al cielo, esto no sucederá. Jesús ya salió del paraíso cuando resucitó (cf. Hech. 2:25-32).
3.   Que estamos bajo la misma ley que el ladrón. Sin embargo, la ley de Cristo no entró en vigor hasta después de su muerte (Heb. 9:16,17), por lo tanto, el ladrón vivió y murió bajo una ley diferente a la nuestra (la ley de Moisés, Gal. 3:23-25). Ahora nos rige la ley de Cristo (1 Cor. 9:21; Gal. 6:2), la ley de la libertad (Sant. 1:25).


Amigo mío, ¿está seguro de negarse a ser bautizado para ser salvo, como Jesucristo mandó y como el Espíritu Santo reveló por medio de hombres inspirados (Mar. 16:15,16; Hech. 2:38; 22:16; 1 Ped. 3:21)?  


¿Podemos predicar realmente “a Cristo” sin predicar el plan de salvación de su evangelio?



  
Algunos insisten en que “prediquemos a Cristo y no al plan”. Sin embargo, ¿es posible predicar completamente “a Cristo” sin predicar el plan de salvación de su evangelio?
Según las Escrituras, es imposible predicar “a Cristo” sin mencionar su sangre, las razones por las cuales su sangre fue derramada, y la manera de ser lavados en su sangre. Para lograr esto, es imprescindible predicar el plan de salvación del evangelio.

Cristo es revelado en la palabra de Dios, la Biblia. No podemos saber nada acerca de Cristo sin la Biblia. Por lo tanto, predicar completamente “a Cristo” es predicarlo como está revelado en la Biblia. Cristo está inseparablemente conectado con el Antiguo Testamento (Luc. 24:44), él fue prefigurado en la ley mosaica (Heb. 10:1-4). Porque el fin de la ley es Cristo (Rom. 10:4; Gal. 3:24). A su vez, Cristo está inseparablemente conectado con cada uno de los libros del Nuevo Testamento, porque él es el dador de ésta nueva ley que ahora nos rige (Sant. 4:12; 1 Cor. 9:21), él la autorizó (Mat. 28:18).
El hecho de que Cristo está inseparablemente ligado con todos los libros del Nuevo Testamento, quiere decir que Cristo está inseparablemente conectado con todos los mandamientos, promesas y advertencias del Nuevo Pacto (Heb. 8:6), dentro de lo cual está el plan de salvación de su evangelio (Rom. 1:16,17). Siendo todo esto verdad, no podemos ignorar alguna parte de lo que Cristo requiere sin ignorarlo a él mismo (cf. Luc. 6:46; Jn. 14:15). No podemos menospreciar parte de su voluntad sin quedar como culpables ante sus ojos (cf. Sant. 2:10).

Felipe es un ejemplo de lo que realmente es “predicar a Cristo”. Lucas registró, Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo (Hech. 8:5), y luego agregó, Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres (Hech. 8:12). Entonces, la pregunta del millón es, ¿qué involucra predicar “a Cristo” según el ejemplo de Felipe? En el ejemplo de Felipe aprendemos que predicar a Cristo involucra hablar sobre:
  1. “El evangelio del reino de Dios”. La iglesia (Mat. 16:18-19; Col. 1:13).
  2. “El nombre de Jesucristo”. La autoridad de Cristo (Mat. 28:18).
  3. “Creyeron... se bautizaban...” El plan de salvación del evangelio, es decir, lo que Cristo requiere que se haga para alcanzar redención en su sangre (cf. Hech. 2:38; Mar. 16:16).

Felipe predicó el plan de salvación, lo cual coincide con lo que Cristo mandó que se predicara a todas las naciones (Mat. 28:18,19; Mar. 16:15,16; Luc. 24:47). Lo podemos ver aún más claramente al considerar la conversión del eunuco etíope, cuando Felipe le anunció “el evangelio de Jesús” el etíope solicitó ser bautizado (Hech. 8:35,36).

Cristo no es completamente predicado sin el plan de salvación de su evangelio, y nadie puede ser salvo sin la obediencia a ese plan del Señor (Rom. 6:17; 2 Tes. 1:8). Por tanto, es imposible “predicar a Cristo y no al plan” como algunos sugieren.
No podemos predicar “a Cristo” sin mencionar la sangre de Cristo (Rom. 3:25), la razón por la cual él la derramó (Mat. 26:28; Heb. 9:14), así como la forma de ser lavados con su sangre (Hech. 22:16; Rom. 6:3,4; Apoc. 1:5).

La salvación en Cristo es común a todos los salvos (Jud. 3), los cuales son salvados por Cristo de la misma forma, es decir, con el mismo plan.


¿Podemos predicar realmente "a Cristo" sin predicar sobre su iglesia?



A pesar de la desinformación general, y el menosprecio del denominacionalismo contra la iglesia de la cual leemos en el Nuevo Testamento, la verdad es que Cristo y su iglesia (Mat. 16:18) son inseparables en el propósito eterno de Dios (Ef. 3:9-11). Es más, no podemos predicar eficazmente a Cristo sin predicar sobre su iglesia. Esta es la razón por la cual debemos siempre denunciar los males de la llamada “cristiandad” del denominacionalismo, la cual siempre separa y confunde.

Al llegar a Samaria, Felipe el evangelista predicó “a Cristo”. Lucas especificó que “les predicaba a Cristo”, y les “anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo” (Hech. 8:5,12).
Predicar el evangelio del reino, involucra inevitablemente hablar sobre la iglesia de Cristo, porque el “reino de Dios” (cf. Jn. 3:3,5) es la iglesia de Cristo (Jn. 18:36; Mat. 16:18,19) la cual fue establecida en el día de Pentecostés de Hechos 2, donde se cumplen las profecías de Isaías 2, Daniel 2 y Joel 2 (cf. Is. 2:1-4; Dan. 2:35,44; Joel. 2:28-32).  
Los discípulos del primer siglo vieron el reino venir con poder (Mar. 9:1) recibieron el reino (Heb. 12:28) y estaban en el reino de Cristo (Col. 1:13) siendo copartícipes de él (Apoc. 1:9) y participando de la mesa del Señor en él (cf. Luc. 22:30; 1 Cor. 10:21).
La iglesia y reino de Cristo, está constituido de todas aquellas nuevas criaturas (2 Cor. 5:17) que son nacidos de Dios por la palabra de verdad (Sant. 1:18), es decir, renacidos por el evangelio no denominacional del Señor (1 Ped. 1:23).

La obra de Felipe es una exégesis de lo que significa “predicar a Cristo”. En primer lugar, cuando Felipe predicó “a Cristo”, sin duda predicó las grandes verdades acerca de Cristo; por ejemplo, el hecho de que Jesús cumplió profecías (Hech. 2:16; 8:35), los detalles de su vida y milagros (Hech. 2:22; 10:38), su muerte en la cruz por ellos (Hech. 2:23; 8:32; 10:39), su resurrección de entre los muertos (Hech. 2:32; 10:40), su ascenso a la diestra de Dios y su reino en el cielo (Hech. 2:30–36), y su retorno prometido (Hech. 10:42). Estas verdades han de haber constituido el fundamento y el eje de la predicación de Felipe, junto a todas sus implicaciones prácticas.
En segundo lugar, cuando Felipe predicó “a Cristo” también predicó “el evangelio del reino de Dios”, o de la iglesia que Cristo estableció (Mat. 16:18). Entonces, sin duda alguna predicar “a Cristo” involucró hablar a los samaritanos acerca de las buenas nuevas de que el reino-iglesia había sido establecido, la comunión que la iglesia goza con Dios, además de su adoración y obra distintivos como pueblo de Cristo.

No podemos predicar “a Cristo” sin mencionar la sangre de Cristo. Y no podemos predicar sobre la sangre de Cristo sin hablar sobre la iglesia de Cristo. La razón es clara. El apóstol Pablo (quien también predicaba “a Cristo”) enseñó por el Espíritu que la iglesia fue comprada con la sangre de Cristo (Ef. 5:25; Hech. 20:28). La iglesia que es de Cristo, por tanto, está íntimamente conectada con la sangre de su Señor. Entonces, el ser “comprado con la sangre de Cristo” quiere decir “estar en su iglesia”.
Entramos en relación con la sangre de Cristo en el bautismo (Rom. 6:3) y entramos al cuerpo de Cristo, es decir, su iglesia, por el bautismo (1 Cor. 12:13). Cuando somos bautizados somos comprados con la sangre de Cristo (1 Cor. 6:20), y uno no puede completamente predicar lo que enseña el Nuevo Testamento con respecto a la sangre de Jesucristo sin predicar acerca de su iglesia. Uno no puede predicar la salvación en Cristo sin predicar la salvación en la iglesia del Señor Jesús.

El apóstol Pablo dijo que la salvación está en Cristo (2 Tim. 2:10), y también dijo que la iglesia, el cuerpo de Cristo, es la plenitud de Cristo (Ef. 1:22,23).
Por tanto, toda bendición en Cristo es disfrutada por su iglesia. Cristo es el Salvador de su cuerpo el cual es su iglesia (Ef. 5:23), los salvos son añadidos a la iglesia por el propio Señor (Hech. 2:47) cuando estos han obedecido el evangelio (Hech. 2:41).
Ahora bien, si consideramos que la salvación está en Cristo (2 Tim. 2:10), y que la iglesia es el cuerpo de Cristo (Ef. 1:22-23), y que Cristo es el Salvador del cuerpo (Ef. 5:23), y que los salvos son añadidos a la iglesia (Hech. 2:47), entonces, entenderemos que la salvación está en la iglesia de Cristo, porque Cristo es “su Salvador” (Ef. 5:23).

No podemos predicar la salvación en Cristo sin predicar la salvación en la iglesia. Uno no puede predicar la gloria a Dios en Cristo sin predicar sobre su iglesia. Uno no puede dar gloria a Dios en Cristo sin estar en su iglesia. Pablo dijo en Efesios 3:21: “A él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén”. Cuando uno es bautizado, es bautizado en Cristo (Gal. 3:27), entra al cuerpo de Cristo (1 Cor. 12:13), y es la voluntad de Dios que Dios sea glorificado en la iglesia en Cristo (Ef. 3:21).


La importancia de la iglesia es vista cuando consideramos que:
  1. Cristo la compró, y se dio a sí mismo por ella (Ef. 5:25, Hech. 20:28).
  2. Cristo la amó (Ef. 5:25).
  3. Cristo es el Salvador de ella (Ef. 5:23).
  4. Cristo la santificó y purificó (Ef. 5:26).
  5. Cristo es la cabeza de ella (Ef. 1:22,23).
  6. Ella es la plenitud de Cristo (Ef. 1:22,23).
  7. Cristo y la iglesia son uno (Ef. 5:31,32).
  8. Cristo la presentará a sí mismo como una iglesia gloriosa (Efe. 5:27).


No podemos predicar a Cristo eficazmente sin predicar sobre su iglesia. Avergonzarnos de la iglesia que es de Cristo es avergonzarnos de Cristo porque la iglesia es su cuerpo (Ef. 1:22,23).

Que no seamos culpables de separar a Cristo y a su iglesia; esto es una imposibilidad si andamos en la verdad.


Adaptado de la obra “Is It Possible To Preach Christ And Not Preach The Plan Of Salvation Or To Preach, Christ And Not Preach The Church?”, por Donald Townsley.



DEWAYNE SHAPLEY ENSEÑA QUE EL ESPÍRITU SANTO NO ES DIOS





El hermano Dewayne Shapley, predicador institucional de Puerto Rico, recibió la siguiente correspondencia:  
“He notado en una de los estudios sobre el Esp. Santo donde hace ud mencion que el Esp. Santo NO es igual en todo al Padre y a Jesucristo, me gustaria saber a que se refiere ud con esas frases… JM”

Respuesta del hermano Shapley:
“El Señor me ha concedido el inmenso privilegio de estudiar su Palabra durante muchos, muchos años, y hasta la fecha no encuentro un texto que diga que el Espíritu Santo sea “igual a Dios”. En todos los pasajes donde se habla de sus obras lo veo sujeto a Dios el Padre, y nunca ocupando una posición de total igualdad respecto a autoridad y poder. Este concepto de “igual el Espíritu Santo a Dios el Padre en todo aspecto de su Ser” pertenece al dogma de “Trinidad” tal cual desarrollado por teólogos de la Iglesia Católica Romana. El que figure el Espíritu Santo juntamente con el Padre y el Hijo en textos tales como Mateo 28:18no significa que sea “igual en todo aspecto de su Ser” al Padre o al Hijo. Se bautiza en el nombre tanto del Espíritu Santo como en el del Padre y del Hijo porque tanto el Padre como el Hijo autorizaron al Espíritu Santo a revelar “toda la verdad” para la Era Cristiana (Juan 16:13). Pero, qué conste: esta “verdad” no proviene del Espíritu sino del Hijo (Juan 16:13-15), no siendo ni siquiera el Hijo la fuente original de esta “verdad” sino el Padre (Juan 8:28 y textos parecidos). En lo concerniente al Hijo, el Padre le ha concedido “toda potestad” durante la Era Cristiana, sujetando todo a él, pero “claramente se exceptúa aquel que le sujetó a él todas las cosas” (1 Corintios 15:27). O sea, el Padre no está sujeto al Hijo. “Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es cabeza de la mujer, y Dios es la cabeza de Cristo” (1 Corintios 11:3). De manera que también Cristo tiene “cabeza”, a saber, su propio Padre, reconocido por el Hijo como “el único Dios verdadero” (Juan 17:3). En todos estos pasajes no veo “Trinidad”, en el sentido de “tres Seres celestiales siempre totalmente iguales en todo aspecto de su existencia, poder y autoridad”. Y podía añadir muchísimos textos adicionales corroborantes.

“Aclarando, no soy dogmático en lo referente a este gran tema de la Deidad. Ni fanático de estar siempre discutiéndolo. Yo creo en Dios el Padre, en Jesucristo, su Hijo, y en el Espíritu Santo. Creo en las obras de cada uno. Y que a Cristo también se le puede decir “Dios”, pues así el Padre mismo le dice. Con esta salvedad, que Cristo no es el propio Jehová Dios Padre, convicción mía hasta el momento. En/deidad_desglose.htm se encuentran más estudios sobre estos temas. Al tener usted luz que pudiera contribuir al mayor entendimiento de ellos, gustosamente la recibiremos.
Su servidor en el Señor, Dewayne Shapley”


REPASO DE ESTE ESTUDIO POR WAYNE PARTAIN.

¡Qué tristeza! El hermano ha tenido el privilegio de estudiar por “muchos, muchos años” y suena como los testigos de La Atalaya que niegan la Deidad de Cristo. Al concluir él dice que no es “dogmático” pero es inflexible en sus afirmaciones y aun identifica a
los que no estén de acuerdo con él con los teólogos del catolicismo. Su dogmatismo se ve también al decir que podría agregar “muchísimos textos adicionales corroborantes”.

Es alarmante este estudio del hermano Shapley y de veraz suena como los testigos de La Atalaya que afirman que el Espíritu Santo es simplemente la “fuerza” de Dios. Él dice que el Espíritu Santo no ocupa posición de “total igualdad”. ¿Ocupa una posición de “casi igualdad” o de “media igualdad”?

¿Es Persona? Si no es una “fuerza”, es Persona pero si no es Dios, ¿entonces es Persona terrenal o celestial? El hermano Shapley no explica esto. Tal vez si estudia “muchos, muchos años” más, algún día nos podrá decir.

El hermano dice, “En todos los pasajes donde se habla de sus obras lo veo sujeto a Dios el Padre, y nunca ocupando una posición de total igualdad respecto a autoridad y poder”. Juan 14:26, “El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en  mi nombre”. Compárese Juan 17:18, en la oración de Jesús dice, “Como tú me enviaste al mundo”. Tanto Cristo como el Espíritu Santo fueron enviados por el Padre y el hermano admite que Cristo era Dios pero dice que el Espíritu Santo no era Dios. El hermano está confuso porque no toma en cuenta el papel respectivo de cada Persona de la Deidad. Dios el Padre siempre ha tenido y tiene su papel. Dios el Hijo siempre ha tenido y tiene su papel. Igualmente Dios el Espíritu Santo siempre ha tenido y tiene su papel.

Hechos 5:3, 4 afirma claramente que el Espíritu Santo es Dios. “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al mentir al Espíritu Santo Ananías mintió a Dios porque es Dios el Espíritu Santo. Pedro no dice que Ananías mintió al Espíritu Santo y también a Dios, sino que mintió a Dios; es decir, a Dios el Espíritu Santo. No dice que mintió a Dios el Padre. El mintió a Dios el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo posee todos los atributos de la Deidad. Es Dios porque es el Creador (Génesis 1:1, 2; Job 26:13; Salmo 104:30). La creación se atribuye a Dios el Padre, a Dios el Hijo y a Dios el Espíritu Santo. Todo ser celestial, los ángeles más exaltados, no eran creadores sino creados por Dios. Si el Espíritu Santo no es Dios, entonces es un ser celestial creado, como los demás seres celestiales. No olvidemos Génesis 1:26, “Dios dijo, hagamos al hombre a nuestra imagen”. Muchos textos indican que las tres Personas de la Deidad estaban involucradas en la creación del mundo. ¿Niega esto el hermano Shapley? ¿Piensa que la expresión “Hagamos al hombre” significa Dios el Padre, Dios el Hijo y el creado Espíritu Santo?

El Espíritu Santo es Dios porque es eterno: Hebreos 9:14, “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” No hay ningún ser celestial aparte de Dios (Padre, Hijo, Espíritu Santo) que sea eterno
porque todos tuvieron principio, siendo creados por Dios.

El Espíritu Santo es Dios porque es omnipresente, Salmo 139:7-10.

Es Dios porque es omnisciente (1 Corintios 2:10, 11; Juan 16:13). La promesa de Cristo a los apóstoles en Juan 14:26; 15:16; 16:13 indica que el Espíritu Santo sería perfectamente calificado para revelar toda la verdad de Dios, lo cual obviamente es el papel de Deidad. Estos textos claramente enseñan la omnisciencia del Espíritu Santo y solamente Dios es omnisciente.

Es impensable que el Espíritu Santo, no siendo Dios, pudiera haber revelado toda la verdad de Dios. Juan 16:14, 15, hablando aún del Espíritu Santo Cristo dice, “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío, y os lo hará saber”. Obviamente el Espíritu Santo era Dios para poder llevar a cabo esta función divina.

El hermano Shapley habla de lo que él no encuentra en las Escrituras. Entonces que nos diga dónde encuentra el texto que hable de algún ser celestial que no era Dios pero que sí conocía y podía revelar toda la verdad de Dios, todo pensamiento de Dios, toda enseñanza de Dios, toda promesa de Dios. Le prometo que él estará bien desvelado buscando tal texto.

El poder del Espíritu Santo es el poder del Altísimo. Lucas 1:35, “Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra…”.

El echar fuera los demonios por el Espíritu de Dios era echarlos fuera por “el dedo de Dios”. Mateo 12:28, Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios”; texto paralelo, Lucas 11:20, “Mas si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros”.

Mateo 28:19, “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. ¿Bautizar en el nombre de Dios el Padre y en el nombre de Dios el Hijo y también en el nombre del Espíritu Santo aunque no era Dios? ¿Por qué no bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y de Miguel el Arcángel?

Si vivimos “según el Espíritu,” entonces “el Espíritu de Dios mora en nosotros”.  Romanos 8:9, “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Pablo dice “Espíritu”, “Espíritu de Dios” y “Espíritu de Cristo” en el mismo breve texto,  ¿Cómo puede el hno. Shapley leer tales textos e insistir que el Espíritu Santo no es Dios?

2 Corintios 13:14, “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén”. Estos textos hablan de Dios en Tres Personas, Padre, Hijo, Espíritu Santo. ¿Por qué no decir “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión de Miguel el “Gran Príncipe” de los ángeles”?}

Pregunte al hno. Shapley si le falta al Espíritu Santo algún atributo o alguna cualidad de la Deidad. Si dice que sí le falta alguno que especifique cuál es. No puede ser medio Dios o casi Dios. Es Dios o no es Dios. ¿Está casi igual a Dios el arcángel Miguel?

Juan 1:18 dice que Cristo “ha dado a conocer al Padre”. (Dice Lacueva, “Lit. explicó, hizo la ‘exégesis’”). Para hacer esto Cristo tuvo que ser Dios, “igual a Dios” (Juan 5:18). De la misma manera 1 Corintios 2:11 dice que “nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” y sería imposible que el Espíritu conociera las cosas de Dios si Él mismo no fuera Dios.

Al leer la palabra “Dios” uno podría pensar “Padre” cuando en realidad se debe pensar “Deidad”. 1 Corintios 1:18, “la palabra de la cruz” es la “sabiduría de Dios” (1 Corintios 1:19-24) y esa sabiduría no se limita a la sabiduría del Padre (Pablo no dice “Padre” sino Dios). 1 Corintios 2:9, “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. Esto no significa que solamente el Padre estaba involucrado en preparar estas bendiciones (salvación, redención, santificación, reconciliación) para el hombre. Era el trabajo de las
tres Personas de la Deidad.

Pablo dice en 1 Corintios 1:18-23 que la “sabiduría de Dios” (el evangelio) es “locura a los que se pierden” y 1 Corintios 2:14 agrega que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura”. Así es que Pablo afirma enfáticamente que las cosas que “Dios ha preparado” son “las cosas que son del Espíritu de Dios”. Por lo tanto, al decir “Dios” en estos textos no habla solamente del Padre sino de la Deidad, Dios en Tres Personas que son “uno” en cuanto a los propósitos divinos.

El hermano concluye su artículo diciendo, “Al tener usted luz que pudiera contribuir al mayor entendimiento de ellos, gustosamente la recibiremos”. Bueno, aquí está la “luz” que le ayudará a entender el asunto y a dejar de desacreditar la Deidad del Espíritu Santo.

Espero que lo haga porque está pisando terreno muy resbaloso. Sin quererlo está cayendo en el pozo con los testigos.


EL “NUEVO NACIMIENTO” (JUAN 3:5) NO ES SEGÚN EL PROCESO FÍSICO DE ENGENDRAR Y DAR A LUZ




En el Nuevo Testamento leemos varios textos que hablan de y describen el nuevo nacimiento. Es lenguaje figurado que simple y sencillamente se refiere a la conversión.

Juan 3:3, 5, “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

1 Pedro 1:22, 23, “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; 23 siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”.

Santiago 1:18, “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”.

Tito 3:5, en este texto vemos que el nuevo nacimiento también se llama “regeneración”: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo”.
Este texto enseña lo mismo que Hechos 2:38 porque el “lavamiento de la regeneración” se refiere al bautismo y “el don del Espíritu Santo” equivale a la “renovación del Espíritu Santo”. A esto Jesús se refiere en Mateo 19:28, “en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria…”, porque cuando Cristo ascendió a su trono de gloria a la diestra de Dios, envió al Espíritu Santo sobre los apóstoles para predicar el evangelio y esto fue el principio de “la regeneración”, o sea, cuando el pueblo podía obedecer al evangelio para nacer otra vez o ser regenerado y ser nuevas criaturas.

Nadie tiene que dudar en cuanto al significado del nuevo nacimiento descrito en estos textos porque son bien ilustrados en el libro de Hechos de los Apóstoles.
La simiente incorruptible es la palabra de Dios que se predica (Mat. 28:19) como vemos a través del libro de Hechos. Muchos oyeron el evangelio, creyeron, se
arrepintieron de sus pecados, confesaron su fe en Cristo y fueron bautizados para el perdón de los pecados. De esta manera nacieron otra vez, llegando a ser nuevas criaturas (Rom. 6:4; 2 Cor. 5:17). Entonces, ¿qué significa el nacimiento del agua y del Espíritu? La palabra predicada y obedecida que es la simiente que produce la nueva vida es del Espíritu Santo y el agua es el bautismo (inmersión) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para el perdón de los pecados y para recibir el “don del Espíritu Santo” (Hech. 2:38); es decir, los beneficios y bendiciones espirituales (Ef. 1:3) que se reciben al obedecer al evangelio

En cuanto al nuevo nacimiento espiritual enseñado en estos textos, es error hacer distinción entre “engendrar” y “dar a luz” (o “nacer”) como en la reproducción física. El proceso físico consiste en dos partes distintas, el engendrar y el dar a luz, pero el nuevo nacimiento espiritual consiste en un solo proceso; es decir, el
engendrar y el nacer otra vez son un solo proceso. Por lo tanto, si enseñamos que el engendrar produce fe y que el nacer ocurre en el bautismo estamos usando mal el lenguaje figurado. La conversión se presenta como un nuevo nacimiento efectuado
por la obediencia al evangelio, la palabra de Dios.

Este estudio tiene que ver con el verbo griego “gennao” que en 1 Corintios 4:15 se traduce “engendrar” y puesto que en este texto Pablo es el que engendró, algunos piensan de un papel masculino en el proceso de efectuar el nuevo nacimiento. (Nunca explican quién haría el papel femenino).
Por favor, compárense con cuidado 1 Corintios 4:15 con Lucas 1:13, “Elisabet te dará a luz un hijo” y la traducción de Lacueva (Interlineal Griego-Español) dice, “Elisabet engendrará un hijo”. Una mujer iba a engendrar un hijo. No hay diferencia alguna entre “engendrar” y “dar a luz” (nacer) en el Nuevo Testamento. Varias versiones ni siquiera dicen “engendrar” en 1 Corintios 4:15.
Obsérvese esta lista de textos que usan los términos “engendrar” y “nacer” (o dar a luz) intercambiablemente. Esto indica que sin lugar a dudas son un solo proceso. No son de ninguna manera dos procesos indicando que algunos son meramente engendrados y que otros no solamente son engendrados sino que también cumplen el nuevo nacimiento en el bautismo. En realidad hay muchos textos que traducen
la palabra “gennao” como “nacer”: (En los siguientes textos aparecen varias formas de “gennao”).
  • Mateo 1:16, “Jacob engendró (gennao) a José, marido de María, de la cual nació (gennao) Jesús, llamado el Cristo”. Obsérvese que en el mismo texto el mismo verbo “gennao” se traduce “engendrar” y “nacer”.
  • Mateo 2:1,”Cuando Jesús nació (gennao) en Belén”.
  • Mateo 19:12, “hay eunucos que nacieron así…” (gennao)
  • Mateo 26:24, “Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido” (gennao).
  • Juan 1:13, “los cuales no son engendrados (gennao)” Dice LBLA “no nacieron”.
  • Juan 3:3, 4, “el que no naciere (gennao) de nuevo… ¿cómo… nacer (gennao) siendo viejo?”
  • Juan 9:2, “para que haya nacido (gennao) ciego?”
  • Juan 18:37, “para esto he nacido (gennao)”
  • Hechos 2:8, “lengua en la que hemos nacido (gannao)”
  • Hechos 22:28, “lo soy de nacimiento” (gennao).
  • Gálatas 4:24, “el cual da hijos (gennao)”
  • 2 Pedro 2:12, “nacidos (gennao) para presa”.


Por lo tanto, es muy obvio que no se debe enseñar que “gennao” es solamente “engendrar”, ni mucho menos que el “engendrar” solamente produce fe y no obediencia. Los que confíen en la salvación por la “fe sola” no son engendrados en ningún sentido. La fe sola es fe muerta (Santiago 2:26). Los engendrados son los que nacen otra vez, son hijos de Dios por haber obedecido al evangelio (oír, creer, arrepentirse, confesar su fe, bautizarse para perdón de pecados).

Juan 1:12, 13 debe ser estudiado con mucho cuidado. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

Este texto no quiere decir que los que crean ya hayan sido engendrados y pueden llegar a ser hijos de Dios si se arrepienten y son bautizados. Obviamente “los que le recibieron” son “los que creen en su nombre”, y estos son los que son engendrados de Dios como el versículo 13 explica; es decir, el “creer” de este texto es como el “creer” de Juan 3:16 y muchos otros textos. Es fe comprensiva, fe obediente, fe que obedece al evangelio. Equivale a “recibieron” y “son engendrados”.