Hoy es "viernes", pero el "domingo" se acerca


Por Josué I. Hernández 


Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”  (Luc. 22:31-32).

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”  (1 Cor. 10:12-13).

“Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo”  (Mar. 16:7).


Un “viernes” en la vida de Pedro

Era temprano, en la madrugada del viernes, cuando Pedro siguió a Jesús desde lejos.  Demasiadas cosas abrumadoras habían sucedido en tan poco tiempo.  La comida pascual, la institución de la cena del Señor, la discusión entre los apóstoles sobre quién sería el mayor en el reino, el lavamiento de los pies de los discípulos por el propio Cristo quien les enseñó sobre el servicio humilde.
Ahora, luego de la oración agonizante en Getsemaní, todo lo que sucedió se tornó negro, como la más oscura noche.  Jesús había sido traicionado por Judas con un beso hipócrita, y luego había sido llevado delante del Sanedrín para responder a varias acusaciones que pesaban contra él.  La acusación más grave era la de blasfemia, y por lo tanto fue condenado a muerte.  Luego, los honorables miembros del Sanedrín, demostraron cuan malvados pueden ser los miembros fanáticos de una religión cuando le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban” (Mat. 26:67).

         Me pregunto cómo es que Pedro se sentó con los alguaciles, para ver el fin” (Mat. 26:58) los cuales, junto a los siervos, “habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose” (Jn. 18:18), y todo lo anterior, a la vez que el Señor era juzgado hipócritamente en la farsa más grande de la historia de la humanidad.   
Pedro totalmente convencido había dicho: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mat. 26:33), “Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré” (Mat. 26:35).   Pero, Cristo le había declarado lo que él realmente haría: “Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces” (Luc. 22:34).
Nos preguntamos: ¿Qué estaba pensando Pedro mientras se calentaba en el fuego del patio (Luc. 22:55)? No tenemos respuesta, no sabemos cuáles fueron sus muchas reflexiones silenciosas, pero sí sabemos de la interrupción de la criada: “También éste estaba con él”  (Luc. 22:56).  Y el resto de la historia bien la conocemos.  Pedro negó la afirmación de la mujer, y respondió: “Mujer, no lo conozco” (Luc. 22:57).  Luego, mientras Pedro aún se abrigaba de pie frente al fuego, cierto hombre pariente de Malco, le dijo “Tú también eres de ellos” y Pedro contestó “Hombre, no lo soy” (Luc. 22:58; Jn. 18:25).  
La Escritura nos informa el trágico desenlace: “Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo” (Luc. 22:58), a lo que Pedro respondió “Hombre, no sé lo que dices” (Luc. 22:60).  “Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis” (Mar. 14:71). ¿Qué sucedió? Usted bien lo recuerda ¿verdad? En ése mismo momento  “mientras él todavía hablaba, el gallo cantó” (Luc. 22:60).  Y, no todo termina ahí, porque “Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces” (Luc. 22:61).
¡Qué momento más espantoso! ¡Qué montaña de emociones habrá embargado el corazón de Pedro en aquel mismo instante!  El doctor Lucas dice: “Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente” (Luc. 22:62). 

Sin duda alguna, ése fue el peor “viernes” en la vida de Pedro.  La cobardía, la debilidad, la falta de fe, colmaron aquel “viernes” de la vida de Pedro.  ¿Cuáles habrán sido sus pensamientos en el resto de aquel día durante la flagelación, la crucifixión, la muerte y sepultura del Señor Jesús?  No lo sabemos, pero sí creo que el sábado no fue un mejor día para Pedro.
Pero entonces, llegó el domingo.  María llegó con las noticias “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” (Jn. 20:2).  Sabemos, lo que luego ocurrió cuando Pedro y Juan corrieron a la tumba (Jn. 20:2-10).  No es difícil imaginar con cuán grande peso de pensamientos y emociones corrió Pedro hacia el sepulcro. 
Luego, ése mismo domingo de la resurrección del Señor (Luc. 24:1, 21; Jn. 20:19), cuando ya era de noche “vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros” (Jn. 20:19).  ¡Fueron palabras pronunciadas por el mismo Señor luego de su resurrección!  ¡Él no estaba muerto, había resucitado!  De este modo comenzó la restauración de Pedro.


Los “viernes” de mi vida

Al meditar en este difícil episodio en la vida de Pedro, pienso en los “viernes” difíciles que me han tocado vivir, y en los cuales no estuve firme por Cristo, cuando me faltó la fe y fui débil presa de las circunstancias.  Pienso en los “viernes” en que defraudé a Cristo, ya sea en hechos o pensamientos, ocasiones en las que debía haber hablado pero escogí callar.  ¿No ha vivido usted algún “viernes” en el cual no se comportó a la altura de un fiel cristiano?
A la luz de las Escrituras, la historia de Pedro me da la confianza y la ciertísima esperanza de una mañana mejor.  No es necesario entregarse al pecado ¡La redención está cerca!  La restauración de la santidad está a la vuelta de la esquina.  ¡El domingo está cerca y pasaré del “viernes” al “domingo”, del pecado a la comunión con Dios! 
En la presencia del Señor encontraré la paz, el perdón y la esperanza que he perdido.  Puedo empezar de nuevo, viviendo una vida santa (1 Ped. 1:16) en la cual no practicaré el pecado nunca más (1 Jn. 3:8). 


Aplicaciones

Hoy es “viernes”, pero estoy agradecido de que el “domingo” se acerca.  Porque siendo cristianos, sabemos que: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:9).  Y tenemos las palabras del mismo apóstol Pedro, quien dijo a Simón, un cristiano que necesitaba el perdón: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hech. 8:22).
Hermano en Cristo ¿no le da gozo saber de que nuestro Padre celestial nos perdonará si obedecemos su evangelio?

Si usted aún no es cristiano: ¿Por qué no obedece a Cristo hoy mismo?  Jesús dijo “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Mar. 16:16), éste bautismo no es denominacional, sino el “un bautismo” (Ef. 4:5) en el plan de salvación del evangelio.  Éste bautismo bíblico es precedido por la fe y el arrepentimiento sinceros (Hech. 2:38) y la confesión de la deidad de Cristo (Hech. 8:37).  Éste único bautismo bíblico es para el perdón de los pecados (Hech. 2:38) y para entrar en la iglesia del Señor (Hech. 2:41) a la cual el Señor mismo nos añade (Hech. 2:47) cuando le obedecemos.

Dejar, renunciar y corregir el pecado público


Por Josué I. Hernández


En la hermandad se ha hecho cada vez más frecuente el pensar que un cristiano supuestamente “arrepentido” no debe confesar ningún pecado que haya cometido públicamente, que no debe llevar frutos dignos de arrepentimiento, y que no tiene obligación alguna de corregir ni en lo más mínimo el daño que hubiera ocasionado, a pesar de que Dios enseña todo lo contrario (Luc. 3:8; Hech. 26:20).   


Resarciendo el daño

Resarcir es “Indemnizar, reparar, compensar un daño, perjuicio o agravio” (Real Academia Española), “Indemnizar o compensar a una persona por un gasto realizado, o una pérdida o agravio causados” (Larousse). En esto, algunos hermanos equivocados no estarían dispuestos a resarcir los daños que han causado por su conducta.  Ellos actúan como si el apóstol Pablo se hubiese equivocado al admitir públicamente habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador (1 Tim. 1:13) y había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret(Hech. 26:9).  El que no quiere resarcir el daño considera absolutamente innecesario el proceder de Pablo y no estaría dispuesto a hacer lo mismo si estuviera en los zapatos de éste apóstol del Señor.
En la práctica, los hermanos que se oponen a la confesión y rectificación de pecados públicos no simpatizan con Zaqueo (si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado, Luc. 19:8), ni con los efesios quienes “venían, confesando y dando cuenta de sus hechos” mientras “muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos” (Hech. 19:18-19).  En todo esto, tal vez alguno desaprobaría el método bíblico para corregir utilizado por el apóstol Pedro cuando reprendió a un recién converso por su “maldad” (Hech. 8:20-24).  

Lamentablemente, el mal proceder descrito arriba rechaza y menosprecia un aspecto importante de ley del perdón que también fue requerida bajo el Antiguo Pacto.  Jehová demandó: Cuando pecare en alguna de estas cosas, confesará aquello en que pecó” (Lev. 5:5). Y también dijo: “Dí a los hijos de Israel: El hombre o la mujer que cometiere alguno de todos los pecados con que los hombres prevarican contra Jehová y delinquen, aquella persona confesará el pecado que cometió, y compensará enteramente el daño, y añadirá sobre ello la quinta parte, y lo dará a aquel contra quien pecó” (Num. 5:6-7).
El patrón de las sanas palabras (2 Tim. 1:13), la doctrina de Cristo (2 Jn. 1:9), también instruye acerca de los pecados públicos y específicos que deben ser dejados, renunciados y corregidos. Todos sabemos que en el plan de Dios hay dos leyes vigentes para el perdón, una para los incrédulos (Rom. 10:17; Jn. 8:24; Hech. 2:38; Rom. 10:10; Mar. 16:16) y para los cristianos que hubieren pecado (Hech. 8:22. 1 Jn. 1:9. Stgo. 5:16; 1 Jn. 5:16).

El pecado público no debe ser ignorado, minimizado, racionalizado y/o generalizado, ningún bien se hace con ello al que anda en tinieblas.  Así pues, el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida (1 Tim. 1:5) no se goza de la injusticia (1 Cor. 13:6), y es capaz de aborrecer lo malo (Rom. 12:9). 
El Espíritu Santo, por boca de Pablo, ordenó Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres (Fil. 4:5) y también dijo Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos (Rom. 16:17-18, cf. Tit. 3:10-11).  El ejemplo del apóstol Pablo es un estándar de conducta que debemos imitar (Fil. 4:9, 1 Cor. 11:1).  La verdadera predicación del evangelio es negativa y positiva.  


Pecado público y arrepentimiento público

Sin duda alguna para que haya “confesión” debe haber algo que se confiesa, en este caso un pecado público.  Sin precisar lo que se confiesa ¿cómo se le puede llamar a esto una “confesión”?  
Una confesión es la “Declaración que alguien hace de lo que sabe, espontáneamente o preguntado por otro” (Real Academia Española). Por este motivo, confesar es “Manifestar algo que se había mantenido oculto. Declarar la verdad obligado por las circunstancias” (Larousse).
Hay dos términos griegos que nos interesan para el estudio de la “confesión”, y éstos son “jomologeo” y “exomologeo”.  “Jomologeo” literalmente significa hablar la misma cosa (jomos, mismo; lego, hablar), asentir, estar de acuerdo, y entonces se aplica a confesar, declarar, admitir, en el sentido de admitir la propia culpa de la que se ha sido acusado.
Pero, el verbo “confesar” usado en Santiago 5:16 es “exomologeo”, el cuál trata de la confesión pública de la culpa del pecado, pues significa literalmente “fuera” “hacia afuera” (intensivo, prefijo “ek”), “hablar la misma cosa” (jomos, mismo; lego, hablar), “asentir, estar de acuerdo públicamente”, y por lo tanto, al aplicarlo a la confesión de un pecado, según VINE exomologeo” denotaría “un reconocimiento o confesión pública de pecados (Mat. 3:6; Mar. 1:5; Hech. 19:18; Stgo. 5:16)… profesar o reconocer abiertamente”, lo cual es resultado de la convicción interna de la culpa que lleva al hombre a declarar abiertamente, hablando con libertad, siendo tal confesión el efecto de una profunda convicción de unos hechos.  Por esto, siempre, “exomologeo” hace referencia a una confesión y profesión públicas de un hecho particular, al reconocer algo y concordar completamente con lo señalado donde el que confiesa no tiene limitación para declarar.

Algunos ejemplos de pecados públicos son los siguientes: 1) De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre(1 Cor. 5:1).  2) “porque Demas me ha desamparado, amando este mundo…” (2 Tim. 4:10).  3) “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…” (Heb. 10:25).  4) Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos (Rom. 16:17) 
Entonces, ¿qué debe hacer el cristiano que pecó de manera pública?  Según las Escrituras él debe arrepentirse, confesar el pecado a Dios y a la iglesia local para que ésta interceda por él, y debe cuanto antes resarcir algún daño que su pecado ocasionó.  Lamentablemente, lo anterior será muy difícil si el hermano es orgulloso y si la iglesia local y algunos otros hermanos le han apoyado en su proceder pecaminoso.   

Además, se debe considerar que si el pecado público afectó a la hermandad causando división, e intervinieron varios hermanos señalando el error y llamando al arrepentimiento, entonces el hermano arrepentido y corregido debe informar a todos los santos que fueron afectados y/o supieron de su pecado y le persuadieron al arrepentimiento (Hech. 8:22; 1 Jn. 1:9), semejante noticia será motivo de gozo en los cielos y en la tierra (Luc. 15:7, 10; Stgo. 5:19-20).

Métodos Bíblicos de Corrección


Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Stgo. 5:19-20)


Por Josué I. Hernández


A veces pensamos, hablamos y procedemos como si fuese imposible que un cristiano se aparte de la verdad.  Y esto a pesar de las muchas advertencias bíblicas que afirman lo contrario (ej. 1 Cor. 10:12).  Sin embargo, a pesar de la falsa confianza que podríamos tener, y según las Escrituras, siempre es posible que un hermano se extravíe de la verdad (Stgo. 5:19-20).  Es posible que un hermano abandone la verdad y llegue a ser un pecador.  Es posible que un hermano necesite volver del error de su camino.
El problema con los métodos de corrección es un asunto grave.  Algunos actúan minimizando el pecado, y otros buscando métodos ajenos a las Escrituras motivados por diversas razones de la humana sabiduría.  Pero, si no se corrige bíblicamente, con los métodos bíblicos de corrección, la llamada “corrección” que se haya logrado no es corrección según Dios.
El cuadro a veces puede ser sombrío.  En la hermandad, varios predicadores del evangelio están equivocados en esto.  Ellos aplican conceptos erróneos para la corrección, y aunque son bienintencionados, hacen más mal que bien.


La motivación para corregir

Toda acción lleva consigo una motivación.  Según las Escrituras, la motivación para corregir ha de ser el amor, y el ejercicio de tal amor ha de llenarnos de optimismo en el proceso de la corrección.  Debemos creer que es posible el arrepentimiento del hermano caído.

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”  (Jn. 13:34-35).

“Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros” (Rom. 15:14).

Muchos hermanos son negativos en la corrección, no son optimistas, ellos no creen que otro pueda cambiar según el método de Dios, y actúan como si dudaran del poder del evangelio (Rom. 1:16-17).  Debido a lo anterior, estos hermanos aplican medios y métodos que pueden ser hasta contrarios a las Sagradas Escrituras. 


Mateo 18:15-17
Uno de varios escenarios posibles de corrección

Hasta la fecha, varios han querido aplicar Mateo 18:15-17 a toda acción pecaminosa, sin importar que se haya perturbado la fe de varios públicamente.  Pero, una lectura cuidadosa de este pasaje, deja bien claro que trata de la ofensa personal cometida en privado por un hermano contra otro.

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.  Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”  (Mat. 18:15-17, énfasis nuestro).

Hay dos frases clave que han de ser consideradas en el versículo 15: si tu hermano peca contra ti, lo cual implica un pecado personal, y repréndele estando tú y él solos”, lo cual obliga a una amonestación privada. 
Como es evidente, este pasaje no se aplica a todo escenario de corrección, y es sólo uno de varios escenarios posibles donde ha de ejecutarse la corrección bíblica. 
Pero algunos quieren escapar de la fuerza de este pasaje, y argumentan que la frase “contra ti” (v. 15) falta en algunos manuscritos.  Pero en el mismo contexto, en el v. 21 Pedro dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí?...” dando a entender la clase de ofensa que el Señor Jesús estaba tratando.  Aquí tenemos a dos apóstoles, Pedro y Mateo, que testifican del sentido de este pasaje tan abusado e ignorado por varios.


Escenarios Bíblicos de Corrección

         Los escenarios de corrección son varios, pero siempre el modelo neotestamentario (2 Tim. 1:13) nos brindará el camino a seguir, la aplicación adecuada y la responsabilidad de cada cual en el proceso.

La corrección de responsabilidad personal:

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.  Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”  (Mat. 18:15-17)
Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mat. 5:23-24)


La reprensión pública, por un individuo, del pecado de otros:

Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos. A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman (1 Tim. 5:19-20)
Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?  (Gal. 2:11-14)
de los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar (1 Tim. 1:20).

La censura pública por la iglesia local:

el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5).


El reproche público de un pecado público:

Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos (Rom. 16:17-18).


El caso de Apolos

Algunos actúan como si el caso de Apolos fuera una norma de corrección rígida que se ha de aplicar a todo pecado público de algún predicador.  Ellos argumentan que aun cuando un error doctrinal se ha promovido extensamente, debiéramos llamar al predicador aparte y “solucionar” así el problema.  Pero el texto bíblico impide semejante interpretación torcida (2 Ped. 3:16). 
Por supuesto, la corrección privada de Apolos no es la única norma que se ha de seguir (vea los escenario bíblicos de corrección, arriba).

Llegó entonces a Efeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios (Hech. 18:24-26).

Apolos no era cristiano, ¿sería un “cristiano” quien no sabía del cumplimiento de la obra redentora de Cristo, la gran comisión, la existencia de la iglesia, la autoridad apostólica, etc? 
Sin duda, Apolos había sido instruido en el “camino del Señor” y conocía algunos rudimentos del plan de salvación.  Apolos exponía con elocuencia y valentía las profecías del Antiguo Testamento que anunciaban los tiempos del Mesías, y llamaba a los judíos al arrepentimiento, pero a la vez no sabía que el Mesías ya había cumplido dichas profecías.  Apolos enseñaba con precisión lo que sabía pero su conocimiento era limitado, pues habiendo sido instruido por Juan o por uno de sus discípulos, él no había aprendido toda la verdad acerca de Jesús.

La predicación de Apolos fue errónea en la aplicación de las profecías.  Fue un error bien intencionado, pero un error al final.  Ahora, la responsabilidad de Apolos involucraba el corregirse y corregir lo que el mismo había predicado.  Aquí, Lucas no nos da más detalles, no sabemos si Apolos fue quien corrigió públicamente su propio error, o Aquila corrigió luego el error de Apolos.  Recordemos que el auditorio de la sinagoga debía saber la verdad de Cristo con exactitud.  De todas maneras, está muy claro en el relato bíblico, una evidente comparación entre Apolos y Juan el bautizador. 
Como en Judea, Juan el bautizador preparaba el camino para el Señor Jesús, así también en Efeso, y sin saberlo, Apolos preparaba el camino para el apóstol Pablo, quien al mismo tiempo se dirigía hacia aquella ciudad.  No cabe duda alguna, de que Pablo perfeccionó la obra que Apolos había comenzado, y la verdad quedó clara para todos los que asistían a la sinagoga (Hech. 19:8 y sig.)

Sabemos que Lucas escribió el caso de Apolos por inspiración.  Sin embargo, un detalle muchas veces es obviado por algunos.  Todos hemos llegado a saber que Apolos se equivocó y que se corrigió porque Lucas lo escribió, y esto a pesar de que Apolos ya se había corregido. 
Claro está, sin duda alguna, que el proceder de Lucas al mencionar el error de Apolos no fue pecaminoso en absoluto.  El proceder de Lucas se ajustaba al modelo del Nuevo Testamento para la corrección.
Quienes quieren aplicar siempre el caso de Apolos como “regla fija” de corrección ¿estarían dispuestos a que otro luego escriba de su error ya corregido o sólo querrían que la corrección se quede en el ámbito oculto y privado?

El apóstol Pablo también hizo algo semejante a lo que escribió Lucas.  Pablo mencionó la corrección de Pedro a los gálatas (Gal. 2:11-14), y esto a pesar de que para el tiempo de la escritura de la epístola a los gálatas, el apóstol Pedro ya se había corregido. 
Lo mismo podemos decir de las menciones de los varios errores que los apóstoles cometieron durante el ministerio de Cristo en la tierra (en los libros: Mateo, Marcos, Lucas y Juan).
Sin duda alguna, aquellas correcciones se mencionaron con un propósito bien intencionado y provechoso, por lo cual la verdad fue bien ilustrada ante los ojos de muchos, al mencionar el día en que Dios bendijo a Apolos y a Pedro, y a varios otros, cuando fueron corregidos.


Conclusión

Son varios los escenarios bíblicos de corrección.  La corrección privada es una de ellas, pero no es la única (Ef. 5:11; 2 Tim. 2:17-18; 2 Tim. 4:10, 14).
No siempre es fácil aplicar la palabra de Dios para corregir, por esto el estudio del texto sagrado es imprescindible. 
Si existe la buena motivación, la aplicación cuidadosa de la palabra de Dios y el deseo de hacer la voluntad de Dios, la corrección será exitosa.  
Por supuesto, no podemos cargar la responsabilidad sólo al que corrige, el que anda mal también debe arrepentirse y volverse a Dios.  Si éste último no desea hacer la voluntad de Dios, su arrepentimiento será imposible.

Jamás olvidemos que la corrección es un medio de mucha bendición.  Así es como el pecador se vuelve de su mal camino.  Semejante bendición causa gozo a los fieles y a los ángeles de Dios (Luc. 15:10).


El peligro del entretenimiento


Por Josué I. Hernández


El entretenimiento es definido como: “1. Acción y efecto de entretener.  2. Cosa para entretener o divertir”.  Entretener es definido de la siguiente manera: 1. Distraer impidiendo hacer algo.  2. Divertir, recrear el ánimo de uno: entretener a los niños” (Larousse). Por su parte,el espectáculo es definido como “Cualquier acción que se ejecuta en público para divertir o recrear” (Ibíd.)

Nuestra sociedad está saturada de espectáculos y entretenimiento: cine, televisión, música, internet, deportes, parques, centros comerciales, restaurantes, tours de vacaciones, etc. Incluso en un momento de dificultades económicas e incertidumbre general, la población está pagando miles de millones al año para alcanzar la tan anhelada diversión.
Ahora bien, mientras que el entretenimiento ocasional puede ser beneficioso y saludable, tenemos que dejar que nuestro consumo de entretenimiento esté sometido a las Sagradas Escrituras.
         Por lo tanto, al evaluar nuestro consumo de entretenimiento, deberíamos hacernos algunas preguntas cruciales:


¿Nuestro entretenimiento estorba  nuestra asistencia a las reuniones?

El escritor de Hebreos hizo hincapié en la importancia de congregarnos: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Heb. 10:25).
Si bien pueden existir algunas circunstancias que impiden el asistir a los servicios de reunión (por ejemplo, la enfermedad), la elección de estar ausente de la asamblea por elegir algúnentretenimiento (partido de futbol, película, picnic, etc.), es una desconsideración grave de las cosas del Señor, un menosprecio de lo espiritual por lo material, un acto de sensualidad similar al de Esaú, “que por una sola comida vendió su primogenitura” (Heb. 12:16).


¿Nuestro entretenimiento estorba  nuestro tiempo para estudiar la Biblia?

El estudio de la Biblia no está limitado a las reuniones de la iglesia. El estudio de las Sagradas Escrituras es una responsabilidad individual. Pablo le dijo a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). Así, pues, Timoteo sentaría el ejemplo de la importancia de estar siempre “empapado” de las Escrituras.
Todos los cristianos han de crecer hasta la madurez (Heb. 5:14) desarrollando la capacidad de “presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Ped. 3:15).  Pero, esto sólo ocurre cuando nos tomamos eltiempo de estudiar las Escrituras personalmente, siguiendo el ejemplo de aquellos de Berea, quienes “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hech. 17:11). No podemos ignorar nuestra gran necesidad de estudiar la Biblia desechando cualquier cosa que nos aleje de ella.


¿Nuestro entretenimiento estorba  nuestras responsabilidades familiares?

Los maridos y las esposas tienen responsabilidades graves (Ef. 5:22-29, 1 Cor. 7:3-5).  Los padres tienen responsabilidades para con sus hijos (Ef. 6:4; Tit. 2:4-5). Los hijos tienen responsabilidades para con sus padres (Ef. 6:1-3; 1 Tim. 5:4,16). No podemos permitir que la búsqueda de entretenimiento nos haga descuidar las responsabilidades familiares dadas por Dios.


¿Nuestro entretenimiento estorba  nuestro trabajo?

Dios nos ha dado la responsabilidad y la bendición de trabajar para sostenernos (2 Tes. 3:7-10), para ofrendar cada domingo (1 Cor. 16:1-2), para ser de bendición a nuestras familias (1 Tim. 5:8) y para ayudar a los necesitados (Ef. 4:28). Esto significa que no debemos trabajar solamente por lo menos posible buscando maximizar el tiempo de entretenimiento personal. Tal cosa sería egoísmo.


¿Es nuestro entretenimiento sano?

David escribió: “No pondré cosa indigna delante de mis ojos; aborrezco la obra de los que se desvían; no se aferrará a mí” (Sal. 101:3, LBLA). Pablo les dijo a los hermanos de Filipos: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad” (Fil. 4:8, LBLA).
Gran parte del entretenimiento de la actualidad está lleno de toda clase de inmoralidad y maldad.  No debemos tomar de las cosas que según Dios “ni siquiera se mencionen entre vosotros” (Ef. 5:3). Tales cosas no son entretenimiento sano.


¿Es nuestro entretenimiento una pérdida de tiempo?

Pablo escribió: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:15-16). Debemos preguntarnos: ¿Es prudente pasar semejante cantidad de tiempo procurando entretenernos?  Recuérdese que Pablo advirtió del peligro de aprender a ser ociosos e ir en pos de Satanás (1 Tim. 5:13-15).


¿Es nuestro entretenimiento una pérdida de dinero?

Las Escrituras enseñan que podemos usar nuestro dinero como mejor nos parezca (Hech. 5:4). Así, pues, la elección para comprar un boleto ocasional a un evento deportivo o película puede estar bien. Pero, debemos evaluar nuestros gastos para asegurarnos de que estamos siendo buenos administradores de las bendiciones de Dios.
Gastar dinero en algún entretenimiento no es una necesidad, es un lujo. Si hemos sido bendecidos con los recursos económicos para entretenernos ocasionalmente, también debemos prestar atención a las siguientes instrucciones: “Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos” (1 Tim. 6:18). “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido.  En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hech. 20:33-35)
No, no está mal gastar algún dinero en el entretenimiento. Pero, si somos capaces de hacerlo, también debemos estar buscando maneras de hacer el bien a todos, usando el dinero que Dios nos ha dado (Gal. 6:10).


¿Es el entretenimiento nuestro ídolo?

El apóstol Juan cerró su primera epístola con estas palabras: “Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén” (1 Jn. 5:21).
Un ídolo no sólo es una imagen de madera o de piedra. Un ídolo es cualquier cosa a la que nos dedicamos por encima de nuestra devoción a Dios. Para algunos, incluso, el entretenimientoentre cristianos se ha convertido en el objeto de su devoción.


Conclusión

Debemos abrir las Sagradas Escrituras y examinarnos a nosotros mismos (2 Cor. 13:05) y la clase de entretenimiento que hemos elegido (1 Tes. 5:21).

Cristo dijo: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mat. 5:29-30).
El punto de Jesucristo es que debemos estar dispuestos a renunciar a todo lo que se convierte en una piedra de tropiezo y nos impide servir libremente a Dios.

Si nuestras opciones de entretenimiento están obstaculizando nuestro servicio a Dios, tenemos que estar dispuestos a renunciar a ellas por el bien de nuestras almas. Por otro lado, si nuestras opciones de entretenimiento están en línea con los principios bíblicos mencionados anteriormente, entonces vamos a estar velando para asegurarnos de que se mantengan en su lugar, para que Dios y su divina voluntad siempre tengan prioridad en nuestras vidas.


Consagración, no fanatismo


Por Josué I. Hernández


“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

Comúnmente podemos decir que un fanático es aquel que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento exacerbado sus creencias y opiniones, ya que está entusiasmado ciegamente por ellas, y por esto, muchas veces, traspasa con su proceder lo que es racional y prudente, honorable y correcto. Según Larousse, el fanático es aquel que defiende con apasionamiento y celo desmedidos una creencia, una causa, un partido, etc.
Como el lector podrá observar, la definición de “fanático” siempre tiene una connotación negativa, aun cuando se aplique al apasionado ciegamente por una afición aparentemente inofensiva (ej. “fanático de la música”). Nunca es bueno, ni sano, el defender y reaccionar con celo desmedido y pasión ciega a favor de alguna doctrina, ideal u opinión.
Con lo anterior en mente, es fácil reconocer que todo fanático religioso es a menudo de mal carácter, melancólico, ignorante y vanidoso. Cuando decimos que el fanático religioso es de mal carácter, nos referimos a que manifiesta un temperamento difícil. Cuando afirmamos que es melancólico, nos referimos a que lleva consigo el egoísmo, pues vive amargado y no es feliz. Además, para el fanático religioso “el fin justifica los medios”. Sin embargo, bien sabemos, que si el “fin” es bueno también lo serán los “medios” para alcanzarlo (cf. “¿Y por qué no decir… Hagamos males para que vengan bienes?”, Rom. 3:8).

Obviamente, el fanático es peligroso en todo ámbito donde actúe, pues reaccionará en base a su capricho sin tomar en cuenta la norma de Dios. En esto, podemos contemplar fácilmente la diferencia entre el fanatismo y la consagración. Cuando hablamos de consagración, nos estamos refiriendo a la entrega total a Cristo. En palabras del apóstol Pablo, “…ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

¿Cuál fue la acción fanática más vil en la historia de la humanidad (Mat. 26-27; Mar. 14-15; Luc. 22-23; Jn. 18-19)? El juicio que varios religiosos llevaron contra nuestro Salvador. 
“Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no concordaban” (Mar. 14:56). La traición de Judas, la negación de Pedro, la huida de los discípulos, los cuatro gobernantes títeres (Anás, Caifás, Pilato y Herodes), la turba dispuesta a linchar a un inocente, el santo sanedrín prestándose para una hipocresía… He aquí el proceso que resultó ser la farsa más grande de la historia del derecho judicial. Sin embargo, el único que estaba al mando era nuestro Señor Jesucristo (Jn. 10:17-18; 19:10-11). Él había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Luc. 9:51). Su hora había llegado (Jn. 17). Sus enemigos se vieron obligados a emprender acciones, pero fue Jesús quien facilitó su propio arresto. Nuestro Salvador se enfrentó al fanatismo, y cuando más vilmente se comportó el hombre, más sublime aún fue la reacción de Dios. No se podía ser neutral con Jesús, había que recibirlo o matarlo.
Entre las irregularidades más obvias de los juicios contra Jesús, están las siguientes: La decisión fue tomada antes que el juicio comenzara. Los funcionarios no estaban autorizados para efectuar un arresto de noche si el presunto culpable no era hallado cometiendo delito. Los delitos capitales no podían ser realizados de noche. Los jueces debían mantener el equilibrio, debían ser defensores y acusadores. Las pruebas no podían consistir de rumores, ni podían ser circunstanciales. El menor de los miembros del Sanedrín era quien debía votar primero. El sanedrín no debía formular cargos, sino juzgar al acusado de ellos. Las sesiones del tribunal estaban prohibidas en las vísperas de las fiestas judías. No se podía presionar al acusado para que testificara en contra de sí mismo. Un sumo sacerdote no podía rasgar sus vestiduras.
Lo peor fue realizado por quienes debían ser los mejores. Impresiónese conmigo. ¡Vea la Escritura! ¡Cuán malos pueden ser los fanáticos de una religión!

Podemos ser acusados falsamente de "fanáticos", o de algo peor. Por ejemplo, “este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos” (Hech. 24:5). Sin embargo, ningún genuino cristiano en realidad es un fanático. Hay gran diferencia entre fanatismo y consagración. Dios quiere que nos consagremos a su servicio, que seamos santos, pero jamás fanáticos. Ni siquiera el concepto de fanatismo es observado en el patrón de Cristo para su pueblo, mucho menos la palabra en sí.

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1-2).

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19-20).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20).

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

“para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:15).

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23).

Los verdaderos cristianos tenemos buenas razones y argumentos en los que basamos nuestra fe. Tenemos esperanza, manifestamos el amor de Cristo, no somos melancólicos, ni mucho menos ignorantes, egoístas o vanidosos.

RESOLUCIONES PARA ESTE NUEVO AÑO"COMIENCE, DETÉNGASE, MEJORE"


Por Josué I. Hernández


Por lo general, cuando la gente hace propósitos para el año nuevo, afirman cosas como las siguientes: "Empezaré a hacer más ejercicio", "dejaré de fumar", mejoraré mis hábitos de consumo", etc. Entonces, en resumen, ellos saben que hay cosas que comenzar, cosas que mejorar y malos hábitos que detener.
Ahora bien, a medida que crecemos y maduramos, es bueno que vayamos mejorando todas las áreas de nuestra vida, dando un énfasis especialmente importante a lo que Dios demanda de nosotros.  “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor” (Fil. 2:12).



COMIENCE

Comience su vida en Cristo. La decisión más importante de la vida es el decidir ser un discípulo de Cristo. Si aún usted no es un cristiano, tener a Cristo como maestro es la prioridad más importante de la vida. Las Escrituras son claras, para estar en comunión con Cristo es necesario que el pecador arrepentido sea bautizado en Cristo (Rom. 6:3-4; Gal. 3:27). Si usted cree que Jesús es el Cristo el Hijo de Dios (Mar. 16:16), confiesa su fe en la deidad de él (Hech. 8:36-37) y se arrepiente de sus pecados (Hech. 2:38) esperando la salvación que Cristo provee (1 Ped. 3:21), entonces debe lavar sus pecados en las aguas del bautismo cuando antes (Hech. 22:16).

Comience a vivir como un verdadero cristiano. Tristemente, muchos llamados “cristianos” desobedecen el evangelio de Cristo pretendiendo vivir con un pie en el mundo y otro en la iglesia del Señor (la cual es el grupo de los santos y fieles). Sin embargo, la Escritura es muy clara, los cristianos hemos de ser diferentes a los del mundo (Rom. 12:2; 1 Ped. 4:3-4). Los que nos conocen debieran distinguir claramente una diferencia entre la forma de vivir nuestra y la forma de vivir de los del mundo. Respecto a esto, el apóstol Pedro escribió: “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1 Ped. 2:11-12).  Por lo tanto, si usted es un cristiano falso, que vive como los del mundo, necesita cuanto antes arrepentirse y comenzar a vivir de tal manera que pueda decir con Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gal. 2:20).

Comience a ser un miembro activo y fiel de una congregación de Cristo. Cuando Saulo apenas había obedecido el evangelio “trataba de juntarse con los discípulos” (Hech. 9:26), es decir, trataba de ser miembro cuanto antes de una congregación local.  La membresía en una iglesia de Cristo es un asunto crucial, y que trae grandes responsabilidades y privilegios, como por ejemplo el estar continuamente congregándose para la adoración y la edificación mutua (1 Cor. 14:40; Heb. 10:23-25). Hay mucho trabajo que hacer como miembro de una congregación de Cristo.  Para más información sobre éste punto, consulte las obras “Lo que es una iglesia local” y “La obra de la iglesia local en el ámbito de la evangelización”.



DETÉNGASE

¡Alto! ¡Deténgase! Deje el pecado. El apóstol Pablo escribió: “Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo” (1 Cor. 15:34).  Cristo dijo: “vete, y no peques más” (Jn. 8:11).  A pesar de esta clara enseñanza, demasiados cristianos (y hasta predicadores de “experiencia”) tienen la mala idea de que deberíamos resignarnos al hecho de siempre vamos a pecar.  Es verdad que tenemos del mundo una experiencia con el pecado (Rom. 3:23) y la posibilidad de pecar está ahora presente (1 Jn. 2:1), pero no debemos pensar que el pecado es aceptable o natural al cristiano. “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?” (Rom. 6:1). Por lo tanto: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias” (Rom. 6:12). Recuerde lo que dijo el apóstol Juan: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis” (1 Jn. 2:1). Recuerde lo que enseñó el apóstol Pablo al señalar que Dios dará con cada tentación una vía de escape: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Cor. 10:13). Debemos perfeccionarnos (cf. Mat. 5:48; Fil. 3:15). Por lo tanto, si hay pecado en su vida, sea lo que fuere, no trate de justificarlo diciendo “somos humanos”, “todos lo hacen”, “mi caso es especial”, etc.  Más bien, “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hech. 8:22).


Deje de compararse con los demás.  Pablo escribió por el Espíritu: “Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Cor. 10:12). En otras palabras, los cristianos no deben compararse con los demás como una forma de justificación o para menospreciar a otros. El ser “mejor” que los demás no nos salvará eternamente.  Los fariseos se enorgullecían de ser mejores que otros (cf. Luc. 18:9-12), sin embargo, Jesús dijo: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mat. 5:20). Nuestro estándar no está basado en el comportamiento de nuestro prójimo, sino la palabra de Dios (Jn. 12:48). Puede ser fácil el compararnos con la gente del mundo o con otros cristianos que nosotros consideramos tibios e indiferentes, pero hay que resistir la tentación de hacer esto como medio de justificación personal.  Jesús es nuestro patrón de conducta, debemos conformarnos con vivir de acuerdo a su ejemplo (1 Ped. 2:21-22).

Deje de servir a los ídolos del mundo. Juan cerró su epístola con éstas palabras: “Hijitos, guardaos de los ídolos. Amén” (1 Jn. 5:21). Un ídolo no es solamente una “imagen” (Ex. 20:4). Un ídolo es cualquier cosa que tenemos como prioridad antes que Dios. Por ejemplo, el apóstol Pablo dijo que la “avaricia… es idolatría” (Col. 3:5). Tenemos que estar seguros de que tenemos nuestras prioridades en orden: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33). Las cosas espirituales debe ser de primordial importancia para nosotros: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mat. 6:24). Si usted tiene algún ídolo en su vida, debe dejarlo ahora para servir al Señor de todo corazón.


MEJORE

Mejore su conocimiento y comprensión de la palabra de Dios. “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo…” (2 Ped. 3:18). Nuestra sociedad pone mucho énfasis en la educación secular. Si bien ésta es útil, sólo sirve para ésta vida, en comparación con el conocimiento de Dios (Rom. 1:16; Jn. 6:68). Obviamente, nuestro conocimiento y comprensión de las sagradas Escrituras no aumentará por accidente: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Tim. 2:15). Debemos hacer de la lectura de la Biblia un hábito regular, y ser perseverantes en ello. No podemos defender lo que no conocemos (1 Ped. 3:15).


Mejore su capacidad de enseñar. Cuando el escritor a los hebreos reprendió a los cristianos por su falta de comprensión de la palabra de Dios, dijo: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Heb. 5:12).  El objetivo de nuestro crecimiento en el conocimiento de la palabra de Dios no es sólo para que podamos servir al Señor, sino para que también podamos llevar a otros a los pies de Jesucristo. Si bien no todos los cristianos serán maestros (Sant. 3:1), todos los cristianos han de enseñar a otros el conocimiento de la verdad (cf. Hech. 8:4; 1 Ped. 3:15). Siempre habrá espacio para mejorar nuestra capacidad de predicar el evangelio de Cristo.

Mejore su hábito de la oración. A menudo, los cristianos hacen resoluciones para orar con mayor perseverancia y quieren dedicar más tiempo a la oración. Ciertamente, no hay nada de malo en esto. Después de todo, la Biblia dice: “constantes en la oración” (Rom. 12:12) y “Orad sin cesar” (1 Tes. 5:17). Pero, debemos también mejorar la calidad de nuestras oraciones. Siempre debemos orar “con fe” (Sant. 1:6) y conforme a la voluntad de Dios (1 Jn. 5:14-15), recordando que la voluntad de Dios se revela en su palabra (1 Cor. 2:10-13).  Debemos esperar que la voluntad de Dios se haga antes que la nuestra (cf. Mat. 26:39).


CONCLUSIÓN

Obviamente, hay muchas otras cosas que podríamos añadir a nuestro listado.  Pero, lo anterior ofrece la idea bastante instructiva para estimularnos a ser más fieles y dedicados en el servicio de Cristo. Tome éstas ideas, y añada las suyas que encontrará meditando en las Escrituras, y afirme sus pasos en el camino a la vida eterna.

“Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Ped. 1:13-17).